domingo, 19 de febrero de 2017

Miseria moral

Una víctima del terrorismo al frente de una manifestación
por los presos
 El día en que ETA anuncia el abandono de la violencia, Bittori acude a la tumba de su marido el Txato, asesinado por el terrorismo, para contarle que ha decidido volver a la casa donde vivieron y donde la acosaron antes y después de aquel atentado que destrozó su familia. Se pregunta si podrá convivir con los acosadores. Así comienza Patria, la novena novela del donostiarra Fernando Aramburu, fenómeno de ventas y de crìtica en la España -y en la Euskadi- de 2016, cinco años después de aquella derrota -a medias si quieren- del terrorismo en nuestro país. La extensa y emocionante historia de ficción -con una base dolorosamente real- termina con la petición de perdón de un exterrorista y la concesión de ese perdón por parte de una víctima. A mediados de enero de 2017 la viuda de una víctima de ETA estuvo en la cabecera de la manifestación anual por los derechos de los presos y su acercamiento al País Vasco; hasta el diario La Razón informó de eso, aunque lo hiciera a su estilo. ¿un final feliz? Si se parece algo a eso será muy a pesar de alguna -bastante- gente.

El éxito de la obra, sobre todo en el País Vasco, cuando el terrorismo prácticamente no aparece entre las preocupaciones de la población, tiene una explicación que no gustará a los interesados en mantener a la sociedad en guardia permanente y en mentar la bicha siempre que puede -el miedo siempre da votos-: a los vascos y al resto de españoles les aburre la insistencia con las cuentas pendientes -entrega de las armas, disolución-, pero no es cierto que miren para otro lado por no ver un pasado que les avergüenza de silencio, degradación de una sociedad  y reacción tardía ante tanta sangre derramada; por el contrario hay demanda de memoria y de Historia -con mayúscula-, como hay esperanza.

Que en España ha habido utilización política del terrorismo etarra por parte de las fuerzas de la derecha es una verdad incontestable pero ya sabida; el problema es que sigan manteniendo el mismo discurso cinco años después de la derrota de ETA, una derrota que tienen la desfachatez de negar que se haya producido porque sería reconocer que se logró durante el gobierno de Jose Luis Rodríguez Zapatero, para ellos un títere de los terroristas -
Así eran las manifestaciones
de la AVT y  los compis de Rajoy
zETApe
se leía en sus pancartas-. Pero esa derrota, política, policial, judicial y dialéctica, tuvo lugar sin que esa banda asesina lograra uno solo de sus objetivos. Desde que llegó el poder Mariano Rajoy su gobierno y su partido se han dedicado a ocultarlo. El hoy presidente ya no encabeza manifestaciones y deja en manos de otros -el PP de Aznar y Mayor Oreja, el insignificante partido Vox, los medios controlados por Pedro J. Ramírez,  Federico Jiménez LosantosEduardo Inda o Julio Ariza- el discurso de que ETA no está derrotada porque la izquierda abertzale está de nuevo en las instituciones con Bildu, olvidando -¿?- que si lo está es legalizada por el Tribunal Constitucional porque en sus estatutos actuales rechaza explícitamente el terrorismo. Hace muy pocos meses, justo cuando se cumplían cinco años de la declaración de abandono de la violencia tuvimos que asistir a una pinza de hipocresía: el PP y Bildu se unieron en el Congreso para impedir una declaración unánime sobre el fin de ETA. Será que Dios los cría y ellos se juntan. Hace dos años a la entonces presidenta del PP Arantza Quiroga le costó duras críticas de los más contumaces y a la postre el puesto sus tímidos esfuerzos por acercarse al entendimiento. Su sucesora se anduvo con pies de plomo y volvió a la línea dura mejor vista en Génova, 13.

El gobierno actual oculta que el anterior logró el fin de la violencia porque si no lo hiciera tendría dificultades para explicar la actitud obstruccionista que Rajoy y los suyos mantuvieron entre 2004 y 2011 frente a cualquier intento de hablar de paz por parte de los gobiernos de entonces, Mariano Rajoy ostentaba por esos años la titularidad como jefe de una oposición que también ejercían como poderes fácticos El Mundo -el iventor de todas las conspiraciones-, la COPE, Intereconomía, la Conferencia Episcopal, la organización criminal Manos Limpias y la AVT de Francisco José Alcaraz. Volveré con esta última.

Pintada enalteciendo a los matones de Alsasua
En Patria Fernando Aramburu habla con dureza de los años de plomo en que Euskadi y la democracia española sufrieron en mayor medida que padeció el franquismo en sus estertores, y también del vacío de una sociedad  embrutecida en torno a víctimas, fuerzas de seguridad y sus familias -Alsasua aún hoy-. El novelista también habla de abusos policiales y guerra sucia pero no justifica ni explica con ellos el terorismo. Su opción es la justicia. no la equidistancia, que sí lo era para Julio Medem en La pelota vasca (2003). Allí se situaban almismo nivel es sufrimiento de las familias de asesinados que las molestias que sufren los familiares de etarras presos por tener que trasladarse a la otra punta de España para una visita. En nada deeso cae otro documental, El fin de ETA (Justin Webster, 2016), donde ese proceso final lo cuentan sus protagonistas -Jesús Eguiguren, Arnaldo Otegi. Baltasar Garzón, Alfredo Pérez Rubalcaba, algún responsable de Información de la Guardia Civil...- y están otras voces que no podían faltar -víctimas, antiguos etarras, el lehendakari Urkullu, el PP...

Tan bienintencionado como cobarde y fallido, el otro documental que cito, La pelota vasca, incluía una distinción planteada por el expresidente del PNV Xabier arzalluz en un raro momento de lucidez: noes lo mismo víctimas que asociaciones de víctimas. Por aquel entonces la AVT de Francisco José Alcaraz predicaba sus verdades desde la FAES, los púlpitos de la COPE o las páginas lisérgicas del semanario Alba. La conducta de Alcaraz y los suyos o de la Asociación Dignidad y Justicia de Daniel Portero, obsesionados con ser poderes fácticos, les deslegitimó para representar el dolor de tantos. Por eso a la derecha española le es recomendable la novela de Fernando Aramburu, igual que hoy le es imprescindible reconocer que el terrorismo se acabó hace cinco años con Rodríguez Zapatero, a pesar de las obstrucciones y el sabotaje con que esa misma derecha escribió una de las páginas más mezquinas de los cuarenta años de democracia española.


sábado, 4 de febrero de 2017

La burbuja Scorsese

Silencio


Probablemente no se haya dado un caso similar en la historia del cine de masivo y casi unánime apoyo -a la búlgara, se diría en términos políticos-. En esto se muestran de acuerdo la crítica y el público entendido o que se da ínfulas de serlo. Todos adoran al italoamericano de 75 años Martin Scorsese como el mayor genio vivo del llamado séptimo arte. Su importante aportación a la presevación del material fílmico en deterioro a través de la organización The Film Institute que preside contribuye a iluminar el aura de santidad que le rodea, y encima el hecho de que hasta Infiltrados (The departed, 2006) el Óscar a la mejor película le fuese esquivo le situó como el gran incomprendido de la industria de Hollywood. La Academia quiso resacirle haciendo que el premio se lo entregaran sus amigos Francis Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg. La tesis -muy personal- que pretendo mantener contra el mundo es que Martin Scorsese es uno de los cineastas más sobrevalorados de la historia. Me mueve a defender tal cosa la llegada a España de su película más reciente, Silencio (Silence, 2016) y sé perfectamente que me lloverán hostias como panes.

De Niro y Keytel en Malas calles
No creo que nadie pueda negar que Martin Scorsese dirigió obras maestras hasta mitad de los años 1980; grandes trabajos, muy diferentes, fueron Malas calles (Mean Streets, 1973), Alicia ya no vive aquí (Alice doesn't live here anymore, 1974), Taxi driver (1976), New York, New York (1977), Toro Salvaje (Ragging bull, 1980), El rey de la comedia (The king of comedy, 1982) y la hilarante Jo. ¡que noche! (After hours, 1985), a menudo contando con los actores Robert De Niro y Harvey Keytel. Después llegaron medianías, siempre muy celebradas por la hinchada, como El color del dinero (The color of money, 1986) o el remake El cabo del miedo (Cape Fear, 1991).

En los años que siguieron Martin Scorsese firmó dos buenas películas de ambiente mafioso, Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995) -la citada Infiltrados, una de sus indiscutibles. llegó ya en el nuevo siglo-, pero también dirigió una mediocridad como Al límite (Walking out dead, 1999) y dos de los grandes castañazos de su carrera, ambas con guión adaptado cuyos originales confieso no haber leído: las soporíferas La última tentación de Cristo (The Last temptation of Christ, 1988) y La edad de la inocencia (The age of innocence, 1993). La primera se vio beneficiada por el escándalo montado por grupos de cristianos integristas: personalmente sólo me quedo de ella con la música compuesta para la ocasión por Peter Gabriel y que Scorsese apenas utilizó. No me es menos antipática Kundun (1997) -¿Se nota mucho mi alergia por la mística orientalizante, pacifista y new age?.

Si hay algo que definitivamente no ha funcionado - a mi modesto entender- en la carrera de Scorsese son sus colaboraciones con Leonardo di Caprio; su relación se redimió en El lobo de Wall Street (The wolf of Wall Street, 2013), magistral por ambas partes e injustamente ninguneada en la ceremonia de los Óscar de 2014, pero es que antes habíamos sufrido la insoportable Gangs of New York (2002) y las fallidas El aviador (The aviator, 2004) y Shutter Island (2010).

En
el haber de Scorsese hay que apuntar que antes de El lobo de Wall Street se atreviese a entregar una estupenda marcianada, Hugo (2011), de aventuras y en 3D, nada menos.

Llegados a este punto es obligado detenerse en otra importante faceta de la carrera de Scorsese, la de documentalista musical;  en pocas de las películas de ficción de este melómano falta el rock, pero no olvidemos que ha dirgido grandes documentales tanto de conciertos como biográfigos: Woodstock, 3 days of peace and music (1970), The last waltz (1978), No direction home: Bob Dylan (2005) y Shine a light (2008) son los más conocidos; pero tampoco hay que olvidar su importante papel de divulgador con la serie de documentales que produjo para televisión The Blues, a musical Journey (2003), a la que siguió la publicación de varios discos recopìlatorios dedicados al género.

Pero inevitablemente tenemos que llegar al duro presente, y lo último de Scorsese que ha llegado a nuestras pantallas se llama Silencio. Tratándose del trabajo de un santo en vida no le podían faltar entusiastas, pero tengo que mantener -y no soy el único- que es una verdadera tortura soportar sin morir en el intento sus tres horas de tedio, pretenciosidad  y sus ambiciones de trascendencia que, por supuesto, nos retrotraen a aquel espanto titulado La misión (The mission, Roland Joffe, 1986), para más inri sin la música de Morricone.

Aunque no sé para qué me molesto; a Scorsese se le aplaude todo. Lo dicho al principio: me lloverán hostias como panes.