viernes, 28 de abril de 2017

No es el fin del mundo


Náufragos y derrotados: Así se ven los franceses hoy...
Hace unos meses, tras autodescartarse el todavía presidente francés Holland para competir por un segundo mandato, casi todo el mundo daba por cosa hecha el retorno de Nicolas Sarkozy al palacio del Elíseo, pero el marido de Carla Bruni ni siquiera fue capaz de ganar las primarias de su partido, aún así el que se presentó con mayor número de avales. Hoy, tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebrada el pasado 23 de abril. el panorama no podría verse más distinto. El miedo es libre y entiendo perfectamente que los inmigrantes en Francia y los musulmanes de ese país sientan algo más que inquietud ante la posibilidad de que el próximo o pròxima inquilino del Elíseo se apellide Le Pen, pero ¿es tan fiero el león como lo pintan? ¿son prcisamente ellos quienes deberían sentirse más inquietos? ¿puede ser el millonario Macron el antídoto contra la serpiente Marine?

...y así se ve Marine
 Es cierto que el Frente Nacional obtiene buenos resultados en zonas de Francia que antaño tuvieron una importante actividad industrial o minera y que llevan lustros sufriendo cierres de empresas, como Trump en los Estados Unidos; son las zonas donde con razón reina el cabreo con las consecuencias negativas de la globalización en el empleo y las condiciones de vida de los trabajadores; y es cierto que la preferencia para los nacionales del Front National se parece al America first de Trump. Pero el parecido con el actual presidente estadounidense no va mucho más allá: cuando nos referimos a Marine no hablamos de un multimillonario antisocial de turbio pasado emocional y psíquicamente inestable, que se jacta de no pagar impuestos y es incapaz de deslindar las obligaciones institucionales de los intereses económicos personales y familiares como sí es Donald. El neoyorquino llegó a la Casa Blanca con un discurso contra las élites, pero él mismo e élite; sin embargo Le Pen se ha rodeado de un equipo de jóvenes y brillantes universitarios que recuerda el núcleo del que nació Podemos. Como ella, Trump propone el proteccionismo económico y un poco de proteccionismo puede ser bueno mientras no derive en autarquía. Hay una atractiva diferencia en el programa del Frente Nacional para 2017: pide el establecimiento de fronteras para los productos que compitan deslealmente en materia de salarios, condiciones laborales y reglas medioambientales y la nacionalización de empresas energéticas estratégicas y algunos bancos  ¿dónde hay que firmar eso?

Al referirse a Marine Le Pen y su partido incluso los más sesudos medios de comunicación occidentales no dudan en hablar de ultraderecha, un término que, en su caso y en la actualidad, se me antoja excesivo y un tanto desviado. Yo lo describiría como un populismo nacionalista o un nacionalismo populista -tanto monta- que anda sobrado de un mensaje falso y simplista que en otras longitudes geográficas -las latitudes son similares- han ayudado a extender los informativos de la Fox estadounidense y los tabloides británicos: los inmigrantes son los culpables de los problemas de las clases populares en asuntos como el paro, los recortes de servicios sociales y la inseguridad ciudadana.

Muchos se escandalizan de que esto esté ocurriendo en el país identificado con las luces de la Ilustración, la toma popular de La Bastilla y mayo del 68, pero olvidan sombras como el Terror revolucionario, Vichy y el colaboracionismo con Hitler  o la demagogia maoista que contaminó a lumbreras como Jean-Luc Godard y Jean-Paul Sartre. No es tan difícil de entender estudiando un poco de Historia Contemporánea. También olvidan que no es una novedad que el Frente Nacional sea el primer partido de Francia: ya lo fue en las Europeas de 2014.

La foto que Marine quisiera borrar
Marine Le Pen heredó la presidencia del Frente Nacional en 2011, con la intención de sacar a ese partido de la marginación política y terminar con su imagen de fuerza diabólica a la que no cabía acercarse bajo ninguna circunstancia. Además del imprescindible rejuvenecimiento de los cuadros dirigentes eliminó la retórica e imaginería fascistas, lo hizo  más tolerante en cuestiones de sexualidad y formas de vida, defendiendo los derechos de las mujeres y la diversidad sexual. Lo siguiente fue expulsar del frente nacional a su padre por seguir negando el Holocausto -esto no es un pecado menor: en su reciente película Negación (Denial, 2016) Mick Jackson equipara el negacionismo con la justificación y defensa de los autores e impulsores del genocidio-, pero le queda mucho para presentable: Marine debe enfrentarse a lo que en psicoanálisis se llama matar al padre. No hablo de un parricidio, claro, pero debe hacer más creíble su golpe de timón social rompiendo con un pasado demasiado resiente en el que a Jean-Marie no se le escuchaban críticas al capitalismo neoliberal neoliberal y,  al contrario, quería reducir el peso del estado en la vida económica,  rebajar los impuestos que, según decía, asfixiaban a las empresas y  reformar una legislación laboral que calificaba de "rígida"; pero también hay que oirla condenar y renegar de una tradición ultraconservadora francesa de más de un siglo, que arranca desde el antisemitismo del affaire Dreyfuss durante la Tercera Repóblica y pasa por el colaboracionismo, el mariscal Petain arrodillado ante Hitler y el terrorismo de la OAS. Renunciar al apellido paterno habría sido otra opción bienvenida.

La islamofobia que caracteriza al mensaje de Marine Le Pen es absolutamente impresentable, como lo es identificar musulmanes con crimen y terror y proponer que los cristianos  tengan preferencia para entrar en Europa. algo que he oido a algún prelado y algún político en España y a algunos gobernantes en Hungría, Eslovaquia y Polonia. Respecto a lo primero, son los propios terroristas de Dáesh y Al Qaeda quienes invocan el nombre de Alá al cometer sus crímenes; por otro lado, no menos repugnante que la islamofobia es que una autodenominada Policía de la Sharía actúe impunemente en las  noches de algunas ciudades europeas con imprtante presencia de inmigrantes amedrentando a jóvenes y sobre todo a chicas que no vistan con el debido decoro, consuman alcohol o desafíen cualquier otro precepto coránico. Sinir mucho más lejos, en España el centroizquierda, cuando ha gobernado, ha preferido introducir la enseñanza del islam y otras doctrinas en las clases, como hace el centroderecha con el catolicismo, a dejar la enseñanza de la religión fuera del ámbito educativo, como aconseja un sano laicismo.
  
Francia es un país con crisis de autoestima desde que dejó de ser el país de la grandeur: La solución de las élites francesas fue convertir a su país en la locomotora de la construcción europea,  pero alemania se hizo demasiado poderosa tras su reunificación. ahora los franceses se sienten unos segundones incluso en la Unión. Marine Le Pen tiene razón al decir que la unión europea es un Titanic que ya ha chocado con el iceberg; en su seno no hay salvación posible. El triunfo del no en los referéndum francés y holandés sobre la Constitución Europea demostró que no todos nos tragábamos la cantinela sobre las bondades de un modo de construcción europea que ahora es percibido como dañino por millones de sus supuestos beneficiarios. La prometida Europa social, humanista y solidaria ha terminado siendo capitalista a ultranza y cruel con los débiles, los que ya están dentro y los que llaman a sus puerta,. una europa dura para los que viven de su trabajo e ideal para los que manejan el dinero.
Pero las élites del centroizquierda y el centroderecha siguen haciendo oídos sordos.



¿Susto o muerte? 

Hasta que la primera vuelta le expulsó de la partida, muchos daban por seguro finalista al corrupto François Fillon; el republicano acabó por copiar lo peor del programa del Front National -cierre de fronteras, islamofobia- y lo peor del no-partido centrista En Marche! -ultraliberalismo económico, sumisión entusiasta a la Europa de los mercados-
Si por un momento dejamos a un lado la cuestión inmigratoria y nos centramos en la económica y social,  Macron , el Albert Rivera francés, no resiste la comparación -algunos trabajadores ya le han plantado cara-. Marine habla de defender las pensiones y la jornada laboral semanal de 35 horas y mantener la contratación pública, él de despedir a más de un millón de empleados públicos y de recortes, recortes, recortes... Como ministro de Economía en el gobierno de Vals, Macron redactó la reforma laboral que sacó a la calle a sindicatos y trabajadores indignados y que Le Pen -y no sólo ella- quiere ahora derogar. Las bolsas y la Banca estarían encantadas con su victoria el 7 de mayo.

Como ciando en 2002 los partidos decidieron unir fuerzas en torno al poco presentable Jacques Chirac frente a Jean-Marie Le Pen, ahora centroderecha y centroizquierda piden el voto para Macron para evitar que la hija de aquél llegue a la presidencia. Me pregunto si harían lo mismo si el finalista fuera Fillon y me temo que la respuesta es sí. En su más reciente novela, Sumisión, Michelle Houllebec plantea cómo sería Francia tras las elecciones presidenciales de 2022, cuando todas las fuerzas políticas a excepción del Frente Nacional han aupado al Eliseo a un candidato islamista para evitar que Marine Le Pen fuera presidenta.

Mélenchon: ¿oportunidad desperdiciada?
El candidato de la izquierda Jean-Luc Mélenchon en todo momento ha carecido del apoyo de los socialistas gobernantes porque a los partidos socialistas les da miedo el socialismo, ha caído en la primera eliminatoria pero se ha desmarcado del cuasi unánime cordón sanitario y ha pedido a los integrantes el movimiento que le apoya, la Francia Insumisa, que decidan, sin consignas desde arriba, qué hacer en la segunda vuelta. Si la decisión es el voto el blanco o la abstención, Mélenchon será acusado de cómplice del fascismo. El diario oficial del establishment español ha corrido a proclamar que Mélenchon y Le Pen son lo mismo y muchos corean el bulo.

En el populismo -para el sistema dominante en la Europa del siglo XXI ser populista equivale a ser luterano en la España de los Austrias- y en las posiciones críticas hacia la Unión Europea dicen basar la supuesta similitud de los programas. Pero lo que dice Mélenchon es Esta Europa la cambiamos o la dejamos, que es bien distinto.

Cuando el año pasado el fantasma Trump se convirtió en una amenaza corpórea en los Estados Unidos, el Partido Demócrata se equivocó de plano oponiéndole una candidata que era puro establishment como Hillary Clinton, cuando sólo un verdadero progresista como Bernie Sanders hubiera podido plantar cara a Trump con posibilidades de victoria.

Las radicales son las únicas respuestas creíbles para las víctimas de la mundialización: unas clases medias que desde la crisis de 2008 en Occidente se han proletarizado y un proletariado que se ha visto condenado al paro, la precariedad y la pobreza, opuestas a unas élites egoistas.

En Fancia y en buena parte de Europa el sistema sólo tolera en sus márgenes movimientos de protesta, pero tiembla cuando barrunta que puedan alcanzar el poder. Por desgracia los franceses no pueden enmendar el haber dejado fuera de juego a Mélenchon y su Francia Insumisa el 23 de abril, pero ¡quién dijo miedo? Si después del 7 de mayo Marine Le Pen ocupa el Eliseo, no sera una buena noticia, pero tampoco se acaba el mundo.




sábado, 15 de abril de 2017

La guarida del lobo


Atentado del Domingo de Ramos en una iglesia copta
Khalid Massood, el terrorista que causó seis muertos y decenas de heridos el pasado 23 de marzo en el puente de Westminter y en las inmediaciones del Parlamento de Londres -donde finalmente fue abatido-, se crió en Birmingham con el nombre de Adrian Russell hasta que se convirtió al islam con el que sería su nombre definitivo mientras trabajaba en Arabia Saudí como profesor de inglés. Y claro, Russell o Massood, como prefieran, en dicha monarquía no se convirtió al sufismo o a cualquier forma de islam tolerante, sino a la predominante en Arabia Saudí, el reaccionario y fanático wahabismo, la corriente integrista y violenta de esa religión, la que importó el autodenominado Estado Islámico y que, mientras el Corán proclama el respeto a las religiones del Libro, considera un apóstata merecedor de la muerte a cualquier musulmán que no comparta su visión sectaria, además de a los infieles,  como los 44 cristianos coptos asesinados por Dáesh en Egipto durante la misa del Domingo de Ramos -salvo a aquellos infieles con los que se hace negocio-.  Los españoles estamos entre esos infieles: Vendemos, compramos y armamos al criminal régimen saudí sin que se nos caiga la cara de vergüenza.

Amistades peligrosas
La amistad y complicidad -siempre interesada- entre los gobiernos españoles y la tiranía decapitadora saudí comenzó en la década de 1960, en el esplendor de los planes de desarrollo franquistas, siguieron con las ostentosas vacaciones marbellíes del difunto rey Fahd y el resto de la familia Al Saud que tantas páginas llenaron en las revistas del corazón y se han consolidado durante los reinados de Juan Carlos y Felipe de Borbón, que dan a los sátrapas saudíes un tratamiento casi familiar, Jeques, miembros de la familia real y adláteres financian en España y el resto de Occidente la construcción de mezquitas en las que colocan a imames próximos al wahabismo, igual que abren emisoras - a menudo piratas- de televisión afines y que desde los también wahabíes Catar y Emiratos se patrocinan  y adquieren equipos de fútbol. Por el lado español Arabia Saudí es considerada tierra sagrada para hacer negocios. Aunque se trate de negocio armamentista, se puede vender el alma a cualquiera a cambio de un puesto de trabajo generado. Vimos hace poco en televisión al alcalde de Cádiz defendiendo lo indefendible. Poco o nada importa que se trate de armar y enriquecer a un régimen cuyo sistema penal es idéntico al del Califato y que está invadiendo y llevando el terror y la muerte al vecino Yemen. Para colmo, ejercer la objección de conciencia a participar en la venta de armas a esos tiranos te puede convertir en un apestado.

Orinando contra el viento
a alta velocidad
La corona, las empresas españolas de infraestructuras y esa ocurrencia llamada Marca España están dispuestas a reir cualquier gracia a los Al Saud si en ello ven cualquier ocasión de hacer caja. La que nos venden como inversión estrella de España en el territorio saudí, el tren de alta velocidad proyectado entre Medina y La Meca, además de que puede ser inviable por las condiciones climáticas extrenas del desierto arábigo, amenaza con costarnos un dineral a los bolsillos españoles por las temerarias expectativas de negocio de las empresas inversoras y su más que probable rescate por el Estado.

Éstas sí que son amistades peligrosas, pero qué importa mientras den dinero.