viernes, 20 de octubre de 2017

Tratado del mal gobierno



En épocas remotas -existen en este sentido textos del siglo VI antes de Jesucristo- 
se afirmaba como verdad indiscutible que la estirpe determina al hombre 
tanto en lo físico como en lo psíquico.
Y estos conocimientos que el hombre tenía intuitivamente -era un hecho objetivo que los hijos de "buena estirpe" superaban a los demás-
han sido confirmados más adelante por la ciencia:
desde que Mendel formulara sus famosa "Leyes"
nadie pone ya en tela de juicio que el hombre es esencialmente desigual,
no sólo desde el momento del nacimiento sino desde el propio de la fecundación.
(Mariano Rajoy Brey,
diputado de Alianza Popular en el Parlamento gallego
Faro de Vigo, 1983)

"Incompatibilidades, fijación de horarios rígidos, impuestos -cada vez mayores y más progresivos-. igualdad de retribuciones... En ellas no se atiende a criterios de eficacia, responsabilidad,capacidad, conocimientos, méritos, iniciativa y habilidad. Sólo importa la igualdad, el fin al que se subordinan todos los medios". Esto también decía un Rajoy de veintiocho años y desde entonces no parece haber cambiado mucho su discurso sobre la estirpe (eso de la esencial desigualdad de los seres humanos, que los divide entre superioes e inferiores es una idea antigua que está detrás de alguna que otra guerra y persecución) y no me extrañaría que el presidente del gobierno español durante los últimos seis años aspire a que a su retiro el rey le premie con un título nobiliario con el que inaugurar su propia estirpe aristocrática -¿no lo consiguió Suárez?-. A tenor de lo que le escuchamos el pasado 3 de octubre, Felipe VI le otorgará gustoso ese honor -otra cosa es que nosotros lleguemos a ver la retirada de Rajoy-. Adonde es seguro que el pontevedrés non grato en su ciudad y sus reprobados gobiernos pasarán es a la borgiana Historia Universal de la Infamia. Todos ellos han estado redactando incansables un grueso tratado del mal gobernar.

Por proximidad en el tiempo y por gravedad he de referirme a la cuestión catalana como el más claro ejemplo de lo que no se debe hacer desde el Consejo de Ministros y que los gabinetes presididos por Mariano Rajoy han hecho. Lo del pasado 1 de octubre (el ridículo del referendum supuestamente desmantelado -no se votará, decían-, la represión, la catalanofobia) fue narrado de muy distinta forma en los medios de comunización extranjeros y unos cuantos digitales de aquí de como lo hizo la mayor parte de la prensa española seria. También es casi imposible encontrar una versión no sesgada de lo ocurrido inmediatamente antes (unos brutales atentados terroristas que fueron utilizados políticamente por unos y otros y con mala fe desde un Ministerio del Interior que recurrió a la policía política creada por Fernández Díaz  para boicotear y difamar a la Policía Autonómica, calles tomadas, detenciones y citaciones) y lo que vino inmediatamente después (las diferentes interpretaciones de lo ocurrido, la guerra de banderas, la declaración de independencia con freno y marcha atrás, la respuesta de Moncloa, lenta y blanda para algunos como Ciudadanos y El Mundo, una fuga de empresas lógica ante el despropósito  y el delirio independentista que está siendo incentivada por el Ministerio de Economía y magnificada por los medios de comunicación del establishment unionista, las llamadas al diálogo en los oídos de sordos, las amenazas gangsteriles de Babyface Casado- Incluso hay algún lunático iluminado. deseoso de ver los tanques entrando por la Diagonal, para quien Mariano Rajoy y su prensa -¡La Sexta, Cuatro y RTVE!- conspiran con el independentismo para romper España. ¡Es tan tierno Federico!.
Hostias como panes
En Madrid los partidos de orden (PP, PSOE y C's) se han puesto las orejeras y han decidido intervenir Cataluña sin que les importe lo que diga su president (no hace falta ser Hércules Poirot para deducir de su última epístola a los genoveses que no puede haber declarado la independencia quien advierte que la declarará si no hay diálogo). Nos da igual lo que diga un señor que está fuera de la ley, declararon a coro Martínez-Maillo, Girauta y Ábalos (Apoyaremos cualquier cosa que el gobierno decida hacer, sea lo que sea, declaró Rivera con adhesión inquebrantable). Hablando se entiende la gente, vamos.

Parece que en España no hay hoy otro asunto que Cataluña, pero Mariano Rajoy lleva seis años al timón y antes estuvo otros siete al frente de la oposición más irresponsable y vandálica que pueda tener un país democrático, y en todo este tiempo mirando pasar las nubes y pronunciando frases incomprensibles para salir en los memes, de Cataluña sólo le interesaba lo que publicaba el Marca sobre el Barça, mientras sus asesores en la Moncloa y en los medios amigos avivaban el fuego de Cataluña para producir humo tras el que esconder corruptelas, recortes y mala gestión.

Las verduras de la escalivada

Emplear el secesionismo catalán como cortina de humo no es una practica exclusiva de Mariano Rajoy, su gobierno y su partido. Artur Mas, el político que nunca creyó en la independencia -ese concepto anticuado y oxidado, decía hace quince años-,un buen día,  cuando se veía en apuros por los registros en las sedes de su partido, los procedimientos judiciales del 3% y la impopularidad de sus recortes, se fijó en las multitudes que llenaban las calles cada Diada y mentalmente tradujo el número de asistentes en votos. Como Saulo al caer del caballo, Artur vio la luz de la independencia. Este concepto se convirtío en el principal y único de sus programas electorales. Aún así en las elecciones de 2012 le salió el tiro por la culata: pocos se creyeron la súbita conversión de un hijo, nieto y bisnieto de la vieja burguesía catalanista, esa de fábricas textiles, torres en Pedralbes y somatenes. De modo que se alió con sus rivales naturales de Esquerra Republicana, hizo con la extrema izquierda independentista un pacto de no agresión tan chocante como el de Molotov y Von Ribbentrop en 1939 y otorgó a las siguientes autonómicas un autoproclamado caracter plebiscitario. Ni aún así ganó el presunto plebiscito; así que, para garantizar para su partido las altas cotas de poder que estaba acostumbrado a disfrutar, tuvo que refundarlo y rebautizarlo y él mismo sacrificarse: el independentista converso Mas cedió el protagonismo al independentista de cuna Puigdemont que pilota el Procès hacia la separación dirigido como un títere por un par de colectivos a los que no ha elegido nadie (Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural) y prisionero de unos gamberretes con indigestión de trotskismo y ultranacionalismo a la kosovar (la CUP,  cuyo idioma no es el catalán ni el castellano, sino la okupación, la algarada y la quema de banderas y fotos). La habilidad de tan excéntrica alianza ha estado en lograr que millones de catalanes compren la quimera de una república independiente próspera, europea, reconocida por todo el orbe y que camina sin lastres hacia la felicidad.

¡Ojo!.aún hay más verduras en la escalivada, porque en la otra trinchera también aviva el fuego alguna asociación de guardias civiles -la Unificada- que desdoran la labor de esos compañeros suyos que vigilan y detienen a los corruptos, fiscales y jueces a quienes la palabra independencia les suena a swahili y un grupo de catalanes a quienes tampoco ha votado nadie y piensan que para representar a la sociedad civil basta con bautizarse como Sociedad Civil. Estos otros no electos gritan que quieren dejar de ser la mayoría silenciosa, aunque nunca han demostrado ser la mayoría. Su Puigdemont a prisión de hace dos domingos me recuerda tanto a aquel Tarancón al paredón de hace cuarenta años. Puede que la historia no se repita pero rima.

Aquellos maravillosos años

Hasta el párrafo anterior me he estado refiriendo al Nuevo Testamento  de esta historia (Los hechos de los gobiernos de Rajoy, a los que volveré), pero para entender la actual crisis de Estado hay que retrotraerse aún más.  En el haber de Mariano Rajoy constará siempre haber encendido la mecha del polvorín. En el principio estaba él: En 2007 el Govern presidido por Pasqual Maragall presentó una amplia reforma del Estatut de autonomía aprobada mayoritariamente en el Parlament y ampliamente refrendado por el pueblo catalán. El Congreso de los Diputados también le dio el visto bueno tras una rebaja bipartidista de su graduación que el infame Alfonso Guerra calificó de cepillao. No era bastante para un PP insaciable que surfeó sobre una ola de catalanofobia en el resto de España (el primer boicot al cava, por ejemplo) con la que abrío el camino a su mayoría absoluta (como siempre se trataba de ganar votos minando la estabilidad y la paz). El propio líder de la oposición salió a la calle y sus fieles le ayudaron a reunir cuatro millones de firmas (no sé si la cifra tiene la fiabilidad
 del recuento de votos en la consulta del 1 de octubre), con las que apoyó un recurso de inconstitucionalidad. Los plazos del Tribunal Constitucional son los que son y en 2010 llegó la sentencia que de un texto con amplio refrendo democrático eliminaba fueros que sí permanecen -y con manga más ancha incluso- en otros estatutos de autonomía reformados como los de Andalucía y Valencia. Por tanto Cataluña lleva siete años con un Estatut recortado y siendo menos autónoma que otras comunidades que se consideran nacionalidades históricas. Y todo gracias a un registrador de la propiedad pontevedrés y a  jueces de su misma pasta.

Tiempo de gobernar

Arreciaba la -hasta ahora- última crisis del capitalismo cuando Mariano Rajoy llegó al Palacio de la Moncloa gozando de una amplia y cómoda mayoría absoluta en el Parlamento, mayoría de la que apenas necesitó alardear, pues durante su primer mandato recurrió a menudo al decreto ley. Con la economía del país hundida por culpa del hundimiento financiero global y el estallido de la burbuja inmobiliaria local, era imprescindible una intervención económica internacional (a la que el ejecutivo socialista anterior ya había abierto las puertas). Aunque en el entorno gubernamental y sus altavoces mediáticos la palabra rescate fue proscrita, la inyección de dinero a la Banca española alcanzó una cifra que puede ir de 40.000 a 60.000 millones de euros que supuestamente no iba a repercutir en los contribuyentes pero que seguirá saliendo de nuestros bolsillos durante décadas. La salida del pozo, hundida la construcción, fue encomendada a otro monocultivo, el turismo, y el país de albañiles se convirtio en un país de camareros, mal pagados, con contratos precarios y a menudo fraudulentos (que no pueden sostener el sistema de pensiones) y sin apenas derechos laborales. La Reforma Laboral de 2012 legalizó un nuevo esclavismo. La otra hormona del crecimiento económico. (empleada en distinta escala, por todos los gobiernos desde Felipe González) fue la privatización de casi todo: AENA, los ferrocarriles, la seguridad de las prisiones, además de los sucesivos intentos de privatizar la salud púbica (la Justicia tumbó a medias algunas decisiones en las comunidades de Madrid y Valencia, pero siguen adelante practicas privatizadoras como las del gobierno nacionalista catalán y el socialista de Andalucía). Los canarios no podrán olvidar las prospecciones petrolíferas de Repsol impuestas a la fuerza por el entonces ministro Soria, ni los tarraconenses los terremotos causados por el almacén de gas por cuyo abandono ahora tenemos todos que indemnizar ¡! a ACS.
Se salió de la recesión, sí, y aseguran que hemos dejado atrás la crisis. Esto último es más que discutible, pues no hay milagro económico; detrás de las relumbrantes cifras de las que cada primero de mes alardean el portavoz del gobierno y la ministra de empleo, lo que hay son salarios y pensiones que prácticamente no suben y pierden poder adquisitivo, niños que van al cole sin desayunar y trabajadores que saben bien lo que es la pobreza.

 No todas las calamidades de estos seis años han sido económicas. Sin querer hacer una crónica exhaustiva de estos tiempos, recordemos tan solo que también han estado la LOMCE  de Wert, que subvenciona escuelas segregadas y españoliza a los niños catalanes (se me olvidaba que los que adoctrinan son los independentistas), la Ley mordaza y la policía patriótica de Fernández Díaz y, lo más vistoso de todo, la corrupción que todo lo pringa.

El humo ciega tus ojos

La cuestión catalana sirve ahora para que se olviden estas cosas como perfecta cortina, pero antes era precisamente lo que Mariano Rajoy quería que pasara a la desmemoria colectiva ¿cómo? no haciendo nada: ha pasado seis años arrellanado en su despacho confiado de que la gente se olvidaría de los tiempos en que el entonces opositor en jefe se dedico a aventar la catalanofobia por los secanos de España para arrancar votos, apoyado por la fuerza manipuladora de TVE y los medios de comunicación controlados por la vicepresidenta, la que da y quita licencias de emisión y publicidad institucional (especialmente los medios del grupo Planeta, teledirigidos por el siniestro Mauricio Casals desde el vestíbulo del Palace, y, en menor medida, Mediaset, más interesada en la telerrealidad y el chafardeo). Esta coraza le protegió cuando salió a la luz que cobraba sobresueldos, que su partido está financiado irregularmente mediante comisiones y reforma sus sedes con dinero negro. ¿le seguirá sirviendo? Es probable, si hasta en los espacios deportivos de Antena 3 y La Sexta se habla más de Cataluña que de fútbol.

El milagro de la multiplicación de los independentistas

¡A por ellos, oe!
¿Panes y peces? Eso es calderilla, cosa de principiantes. En seis años de gobierno Mariano Rajoy ha conseguido lo que ningún nacionalista catalán pudo en la historia de la democracia: llenar las calles y las instituciones de independentistas. Cuando él llegó al poder sólo podía considerarse independentistas a once diputados del Parlament; ahora son 72 y tienen la mayoría.

El juego de la gallina

El problema no estaba en el 1 de octubre, una encuesta sin validez que habría pasado sin pena ni gloria ni consecuencias si desde Madrid no se hubiera respondido con sobreactuación, violencia e invocando a un patriotismo herido. Si había que intervenir en Cataluña para restaurar la legalidad debió ser después del 7 de septiembre, cuando en el Parlament esa mayoría independentista no sólo atropelló la Ley sino el propio reglamento parlamentario. Pero entonces ¿para que quería el gobierno central el famoso artículo 155 y la convocatoria electoral anticipada? A Rajoy le traen al fresco unas elecciones catalanas donde sabe que su partido, en el peor de los casos, quedaría reducido a fuerza extraparlamentaria y, en el mejor, se quedaría como estaba. Además unas elecciones entonces, tras el juego tramposo de los independentistas, eran terreno abonado para los partidarios del diálogo y los equidistantes.

Información ¿deportiva?
De la desidia que confiaba en las soluciones mágicas, el presidente del gobierno de España pirómano, cuando el mundo miraba a Cataluña, se vistió de bombero, pero ya había quemado todos los puentes e inutilizado los extintores. Sólo le quedaban la fiscalía (la misma que se chivaba a sus correligionarios corruptos cuando la UCO iba a por ellos: Sánchez-Maza, Catalá y otras ilustrísimas), las porras y las balas de goma (por cierto, prohibidas en Cataluña), Policía y Guardia Civil desplegadas  de forma tan desproporcionada como demuestra un ejemplo muy reciente: La Administración central ha enviado seiscientos efectivos a apagar el fuego en Galicia; a encenderlo en Cataluña envió diez mil. Al comprobar que nadie se creía su disfraz de apagafuegos, Rajoy volvió a encender el mechero y los suyos enarbolaron la bandera borbónica animando a la Policía a los sones de Manolo Escobar (ignorando que su "Y viva España" lo cantó primero una señora alemana) y el "¡A por ellos, oe!". Su más reciente paso hacia el precipicio (por el que no caerá él; nos precipitará a todos) ha sido cargarse la separación de poderes presionando para encarcelar a líderes independentistas y acosar al major de los Mossos, añadiendo gasolina al fuego (el mundo abertzale sabía cuán útil le era tener presos dispersos por todo el territorio para enarbolar sus fotos en manifestaciones. Todo nacionalismo necesita sus víctimas).

Es cierto que otras partes (independentistas y neutrales) pecan de una ingenuidad infinita creyendo que, escandalizada por las fotos de violencia policial en las portadas, Europa acudirá rauda a salvar a una Cataluña golpeada. Esa misma Europa que teme que las brasas del incendio catalán se expandan a Flandes, Córcega y otros territorios insurrectos. La misma a la que no preocupa tanto que la xenofobia y el fascismo florezcan en su seno. La misma que calumnia a las oenegés que salvan vidas en el Mediterraneo diciendo que fomentan una invasión migratoria (el ministro de Rajoy José Ignacio Zoido puso su voz a esa mentira), la Unión Europea que creó y financia matones libios que atacan a esos cooperantes.

Cálculo electoral

Claro, a Mariano Rajoy no le interesaban elecciones y calma cuando más necesaria era (haber intervenido para calmar las cosas después del despropósito parlamentario del 7 de septiembre). La paz no da votos y él no dialoga con quienes no son de la "buena estirpe". Los desprecia intelectualmente. Es mejor servirse de ellos ahora para destruirlos electoralmente después. Sabe que el seguidismo es la tumba del PSOE y que la gente no compra la equidistancia y la indefinición en que está Podemos. Los datos estadisticos de que dispone Rajoy señalan que alimentar el ultranacionalismo español le permitirá recuperar el apoyo de la extrema derecha -la militante y la sociológica cuñadil- que su anterior inactividad le ha hecho perder; así hace el camino a recuperar la mayoría absoluta en las próximas elecciones generales.

Azuzando los odios territoriales Mariano Rajoy, a quien le importan un bledo Cataluña y España, logra que no se hable de sus corruptelas y su mala administración, pero nos lleva hacia el abismo. Gracias a la irresponsabilidad de nuestro presidente y de los gobiernos del Partido Popular, Cataluña y España están más alejadas que nunca y el terreno de juego tan arrasado que no hay otra solución , ni cercana ni lejana, que un referendum pactado, algo que tampoco quieren Ciudadanos ni los socialistas. Estamos viendo que estos últimos (para ésto no te votò la militancia, Pedro) no están por la única solución sensata para que Cataluña siga siendo parte de España: sacar al actual presidente de la Moncloa.

Los políticos con amplitud de miras y vocación de servicio son la excepción: los mediocres abundan en todo el mundo. En España los malos políticos son la norma. Un escritor poco sospechoso de progresismo, Arturo Pérez-Reverte, describía un país de bravos soldados con mandos torpes y codiciosos al servicio de gobernantes corruptos donde el mal gobierno, más que una práctica, es una tradición y una costumbre. No lo pudo expresar mejor el anónimo autor del Cantar de Mio Cid:

 Dios que buen vassallo si oviesse buen señor







lunes, 21 de agosto de 2017

Berlín a vista de ángel (30 años sobrevolando Tiergarten)



Se cumplen ahora treinta años desde que el jurado del festival de Cannes otorgara su premio al mejor director a  Wim Wenders por El cielo sobre Berlín. Con justicia este alemán nacido en 1945 es una de las figuras más controvertidas del cine europeo -y no únicamente: también ha rodado en y para los Estados Unidos-: ha sido capaz de lomejor y de lo peor. Aunque desde mi propio punto de vista  uno de los momentos más inspirados de su filmografía es esta historia de ángeles que vacilan entre su espiritualidad y la carnalidad mientras insuflan su aliento protector sobre los hombres y enfrentan la realidad y los cambios de una ciudad en cuyo asfalto, cuyas piedras y cuyos rincones se contiene la historia de Europa. No todos estarán de acuerdo conmigo.

Dos ángeles guardianes, Cassiel y Damiel, tienen asignada la ciudad de Berlin, con el Muro aún en pie dividiéndola en dos. Están allí desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sin poder cambiar el curso de los acontecimientos, llenos de compasión e impotencia, intentando insuflar esperanza a los humanos que ven más perdidos, pero no siempre consiguiéndolo. Son invisibles, aunque no para los niños, que aún se hacen preguntas que los adultos han dejado de cuestionar, y algunos adultos sencillos. Son testigos de la torturada historia de la ciudad y espías de las historias y pensamientos cotidianos de sus gentes; hasta que a uno de ellos se le ocurre enamorarse y sacrifica su inmortalidad por una joven trapecista y por el derecho a sentir como los humanos.

El cine debe intentar otra vez serle útil a los hombres, dijo Wim Wenders con ocasión del estreno de Der Himmel Über Berlin (estrenada en español como El Cielo sobre Berlín y también como Las Alas del Deseo), una pelìcula que lleva al extremo su cuestionamiento del lenguaje cinematográfico y de la narración tradicional apuntado en El estado de las cosas (Der stand der dinge, 1982). La presencia de una trapecista como desencadenante del amor y el deseo humano no es una metáfora casual: El Cielo sobre Berlín fue un salto mortal sin red, por el riesgo permanente de que se rompiera el equilibrio entre documento, fábula, reflexión filosófica y observación sensual de la realidad, y por el empleo de un texto volunariamente literario con imágenes al mismo tiempo inverosímiles y metafóricas. La permanente amenaza es caer en la pedantería y la vacuidad, un umbral que Wenders traspsa en algunas de sus obras de los años 90 y 2000. Sin embargo en aquella ocasión se mantuvo el justo equilibrio y El Cielo sobre Berlín se convirtió en un film tan insólito como embriagador.

Uno de los grandes misterios de esta historia creada por Wenders y el poeta y novelista Peter Handke es que sabe ser a la vez profundamente optimista y muy triste.

Vemos al comenzar la película a un ángel -Damiel, interpretado por Bruno Gantz- contemplando la ciudad de Berlín desde la estatua dorada de Niké que corona la Siegessäule o columna de la Victoria de Tiergarten. Sus alas se diluyen para que pueda caminar por las calles berlinesas y escuchar los pensamientos de los mortales. Daniel, inmortal y carente de entidad física, está intrigado por el mundo material y finito, desea lo terrenal, los placeres y los dolores de los humanos.

Damiel busca ser un ángel caído y encuentra a una mujer que ilumina su búsqueda, una trapecista de circo que maniobra vestida de ángel. En ella las alas son ficticias, un disfraz. El ángel se convertirá en humano para ser un extranjero junto a ella. La trapecista, una apátrida solitaria, ama Berlín porque en esta ciudad se siente siempre desterrada, pero todo le es familiar aquí, incluso cuando el circo cierra y ella queda de nuevo sin rumbo.

Paralelamente en la Biblioteca de Berlín la efigie de ojos vacíos de Homero, símbolo universal del cronista y que, en su inocencia, puede ver a los ángeles que la pueblan, intenta en vano dar forma a una epopeya de la paz, convertirla en el presente asumiendo las heridas del pasado. El propio Muro representa el pasado. Reflexiona sobre el Ángel de la Historia representado en un cuadro de Paul Klee: está condenado a contemplar eternamente los horrores y la destrucción del pasado como una única e interminable catástrofe, lo que le impide volver la mirada al futuro. Abandonado entre las ruinas de una ciudad rota por el Muro, busca inútilmente la plaza de Postdam, los cafés  y todos los lugares destruidos por la guerra.


El ángel encontrará un inesperado aliado en el actor nortemericano Peter Falk -enormemente popular por supersonaje del dsastrado detective Colombo en una serie de televisión de los años setenta-. Falk se interpreta a símismo como la estrella de una película sobre los últimos días del nazismo que se rueda en un antiguo búnker berlinés; pero el actor acabará revelando a Damiel su condición de antiguo ángel que, como muchos otros, decidió ser humano, lo que confirma al protagonista que no ha tomado un camino equivocado y su sueño de carnalidad es posible. Falk animará al ángel a buscar el encuentro con la trapecista, para la redención de ambos, y a descubrir por sí mismo qué le aguarda en su nueva vida mortal.

Lo irrepetible condena al infierno la imitación. El Cielo sobre Berlín se convirtió en manos de Hollywood en City of angels (Brad Silberling, 1998). El remake, protagonizado por Nicolas Cage, es un absoluto despropósito. Descargado de toda sustancia, los guionistas convierten el asunto de los ángeles quedesean ser humanos en una absurda comedia romántica a la medida de la reina del género, Meg Ryan, y donde en el original había reflexión ponen bobería new-age. Lo malo es que no es mucho mejor el regreso de Wim Wenders al tema, los personajes y los lugares de El Cielo sobre Berlín cinco años después para volver a reflexionar sobre Europa a la luz de la nueva coyuntura tras la reunificación alemana. Con un título que parece sacado de Barrio Sesamo, la secuela ¡Tan lejos, tan cerca! (In weiter ferne, so nah!, 1993) contiene todos los vicios que caben en la obra del cineasta alemán, y caben bastantes. Aunque en 1987 Wenders no podía imaginar qué poco durarían el Muro y la partición de la ciudad, El Cielo sobre Berlín, una obra completa en sí misma, terminaba con un Continuara..,  y la historia de Cassiel, el otro ángel guardián, no había sido contada. No nos perdíamos nada: un autohomenaje lleno de pedantería que no redimen las breves apariciones de algunos grandes nombres del cine e incluso celebridades como Lou Reed y Mijail Gorbachov. El mensaje buenrollista de este último sobre la paz mundial me recordó desagradablemente a otra infausta secuela de obra maestra: 2010, Odisea dos (2010: The year we make contact. Peter Hyams, 1984).
La Postdamerplatz, entonces y ahora

Los malos remakes y secuelas no malograron ni ocultaron lo evidente: En 1987 Wim Wenders describió como nadie la ciudad que reúne todas las cicatrices de la historia europea, poco antes de que esa misma ciudad volviera a nacer con el derribo del muro y la reunificación. Con la perspectiva d unos pocos años después El Cielo  sobre Berlín cobró una dimensión enteramente diferente, como si aquel Ángel de la Historia hubiera mirado por primera vez al futuro. Pero es la mirada llena de comprensión y ternura hacia los individuos de Wenders y Handke -esos ángeles que escuchan atentos los pensamientos, sufrimientos y quejas de los transeuntes, esa desterrada que quiere ver rostros- lo que evita que los acontecimientos históricos, por trascendentes que sean, entierren la vigencia de la fábula. A ratos manejan conceptos peligrosamente elevados para que en una obra cinematográfica se puedan desplegar sin la máscara de la metáfora y aun así salen airosos de lo que podría haber sido un monumental ridículo -para algunos críticos lo es-. Hay, naturalmente, espacio para la alegoría: toda una idea de Europa y su historia reciente, pero también hay lírica, metafísica, incluso teología,al desnudo, sin avergonzarse de buscar la trascendencia. Todo ello, sumado a la elegantísima puesta en escena, a la hermosa fotografía-en blanco y negro y en color, según andemos entre ángeles o mortales-, dotando de atemporalidad a una fábula muy de su tiempo, y sumado a la fascinación que producen todas sus imá genes, da como resultado una de las películas más conmovedoras y necesarias del moderno cine europeo.


El Cielo sobre Berlín
título original: Der Himmel Über Berlin
República Federal Alemama-Francia, 1987
Producción: Wim Wenders y Anatole Dauman
Dirección: Wim Wenders
Guión: Wim Wenders y Peter Handke
Fotografía (B/N y Color): Henri Alekan
Dirección artística: Heidi Ludi
Música: Jürgen Knieper
Intérpretes: Bruno Gantz, Otto Sander, Peter Falk, Solveig Dommartin
,  Curt Bois y Teresa Harder










domingo, 13 de agosto de 2017

El periodismo que nos merecemos

Cuando comienzo a redactar esto -10 de agosto-, ignoro cómo habrá acabado, si es que acaba cuando ustedes lean publicada esta personalísima visión, el caso de la granadina Juana Rivas, la madre que a finales de julio se escondió de la Justicia junto a sus dos hijos para no tener que cumplir la orden de entregar a los críos a su padre maltratador, que exige su vuelta a Italia, donde vive. Pero si para referirme en la ola de sensacionalismo interesado y teledirigido que está azotando hoy al periodismo español, comienzo por un tema de tan incierto desarrollo próximo, es por la estupefacción que me produjo la entrevista en directo en el programa Más Vale Tarde de la cadena de televisión La Sexta que realizó el presentador accidental del espacio Hilario Pino a Francisca Garrido, asesora del Centro de la Mujer de Maracena. ¿He dicho entrevista? ¡Aquello fue un interrogatorio de la policía franquista en toda regla!. Sin embargo el tono y los métodos de inquisidor general de Castilla empleados por el periodista no lograron que la inteligente abogada rompiera su secreto profesional e hiciera revelaciones, ni siquiera involuntariamente, sobre el paradero de su cliente, y silenciaba con impaciencia a Granados cuando ésta denunciaba las irregularidades cometidas por la Audiencia de Granada y por un juez de instrucción profundamente ignorante en materia de violencia de género. Ha sido ésta presión, en algún caso un linchamiento orquestado por el supremacismo machista de la Asociación por la Custodia Compartida y sus hooligans, una práctica común de muchos medios, con la honrosa excepción del digital de ABC, que además de publicar una intensa y valiente entrevista con Juana en su encierro, ha denunciado burdas campañas difamatorias contra esta mujer. Claro que no es a este único tema al que quería referirme para hablar de la actual deriva sensacionalista de los medios de comunicación españoles, que abochornaría a los responsables de The Sun, Bild y al mismísimo William Randolph Hearst.

Lo que he contado no ocurría en Libertad Digital, 13 TV o en una soflama de García Serrano o Jiménez Losantos; era un periodista con fama de íntegro y una televisión. La Sexta,  que mira por encima del hombro los excesos y la manipulación en los demás - pero que calla cuando el siniestro dueño de A3 Media Mauricio Casals, se ve salpicado por escándalos de corrupción-, lo que muestra que en todas partes se cuecen las habas del amarillismo.

Dicen que los medios mainstream se caracterizan por dar al público lo que el público quiere. Será entonces que el respetable no aparta sus indignados ojos de la pantalla cuando le ofrecen quejas de pasajeros por soportar colas más largas que las habituales para viajar a sus destinos vacacionales pero se aburre y cambia de canal si le explican las condiciones laborales que han llevado a la huelga a los vigilantes de Eulen en El Prat y no se interesa por saber cómo una empresa semipública -AENA- externaliza funciones y servicios entregándolos a la oferta más barata, sean cuales sean las consecuencias. Logran que los espectadores jaleen al gobierno por reventar una huelga poniendo a trabajar a la Guardia Civil, cuerpo al que, junto a los especialistas de la propia AENA, la Ley encomienda la seguridad de los aeropuertos. Estos medios se abstienen de vincular el incumplimiento de la norma a privatizaciones y recortes, y el público no les pide que lo hagan. Será  que tenemos el periodismo que nos merecemos.


Hablae del tiempo puede ser mucho más que una charla de ascensor, sobre todo si se sufre una ola de calor y otra de incendios causados por el cambio climático. Claro que en torno al calentamiento global hay muco negacionismo, como sigue habiendo alguno sobre el Holocausto judío, la llegada del hombre a la luna y hasta la muerte de Elvis. Ahora hay negacionistas de la insostenible masificación turística; son quienes han inventado la falacia de la turismofobia. Como el apocalipsis da audiencia y atrae publicidad, la mayoría de los medios les darán la impresión de que se ha desatado el caos y la caza del turista: atacan autobuses turísticos en Barcelona, se extiende como una mancha de aceite por toda España la persecución de los radicales a nuestra primera fuente de ingresos: el caos vende y por eso se amplifican las simplezas de políticos bocachanclas que se autoproclaman la alternativa a ese caos. Los de siempre, con la excusa de dar una supuesta visión rigurosa alimentan la burbuja informativa. En mi búsqueda, es curiosamente en el grupo de comunicación amarillista donde los haya, Mediaset,
 encuentro una aclaración bien informada -aunque no libre del virus del sensacionalismo- de que lo que desata el santo cabreo del vecindario no es un problema del turismo de los pobres -el llamado low cost-: la milla de oro de Marbella y Puerto Banús es escenario de la borrachera y el despiporre de cinco estrellas y Testarossa. Las miradas más atinadas, las que dejan claro que hay un problema de ambición y enriquecimiento sin freno, no d fobias inventadas por los medios, hay que buscarlas en la prensa digital más seria.

¿Recuerdan la gripe A de 2010?: aquella mortal pandemia que amenazaba con ser la peste negra del siglo XXI y diezmar la población mundial. Un sensacionalismo perfectamente encauzado a sembrar el pánico en laopinión pública llevó a que en plena recesión económica el gobierno español destinara una cantidad escandalosa de dinero a comprar trece millones devacunas desarrolladas a toda prisa por una industria farmacéutica que se puso las botas; casi la mitad fueron destruidas y la pandemia pasó de largo como un leve catarro. El ridículo y el despilfarro apenas fueron aireados; los laboratorios invierten mucho en publicidad.

En materia sanitaria el negocio del miedo se llama ahora Fipronil. La contaminación de huevos con un pesticida es tema de apertura de informativos: no abundan las noticias en agosto y vende mucho hacernos creer que en el momento menos pensado podemos caer fulminados por culpa de una palmera de crema o una tortilla a la francesa.

Este sensacionalismo que loinvade todo no es patrimonio de unos cuantos frikis de lo que gusta autodenominarse derecha alternativa -OK Diario, La Gaceta. Promecal, COPE, ciertos directivos y editores de El Mundo, a veces La Razón. Igual que los periódicos y las televisiones españolas seguían el caso José Bretón como los mexicanos una telenovela, hoy Espejo Público, El Programa de Ana Rosa, Más Vale Tarde, La Sexta Noche, Mad In Spain, Los Desayunos de TVE o La Noche en 24 Horas alimentan sus escaletas y sus tertulia con estos asuntos-basura de moda; y si se quedan con hambre siempre estarán Trump y Venezuela. El periodismo sensacionalista está aquí para quedarse. Y sin el simpático descaro de El Caso.


sábado, 5 de agosto de 2017

Economía "colaborativa": capitalismo corrupio

Protesta vecinal contra la invasión de pisos turísticos en la Barceloneta
Quedaron atrás las hecatombes hipotecaria y financiera que hace casi una década dieron lugar a una gran recesión económica y una crisis social sin precedentes en el llamado mundo desarrollado en lo que llevamos de siglo XXI y en la segunda mitad del XX. La propia recesión, en términos macroeconómicos, parece algo ya superado; aunque la crisis social se mantiene e incluso se ha recrudecido con más desigualdad, empobrecimiento, desprotección social, pérdida de derechos laborales y una extrema precarización del trabajo. A estas consideraciones se nos había olvidado sumar otra novedad cuyas consecuencias serán -están siendo ya- trascendentales para nuestra forma de vida: la revolución tecnológica y robótica que, aparte de poner en peligro puestos de trabajo de humanos no especializados -esto era inevitable y no es una tragedia, no volvamos al ludismo de la primera revolución industrial-, da lugar a plataformas y aplicaciones informáticas que no producen, sólo intermedian,  supuestamente entre particulares que no siempre son simples particulares, también hay fondos de inversión camuflados.

A los nuevos dueños del mundo -Google, Apple, Facebook y Amazon- que en la revolución tecnológica made in Silicon Valley sustituyeron a otros gigantes empresariales más anticuados, se suman los robots y las aplicaciones manejadas desde un teléfono móvil o una tableta, que han permitido que aparezcan y crezcan sin control marcas como Uber, Cabify, BlaBlacar, AirbnbWallapop o Deliveroo. La mayor parte de estas plataformas de intermediación o empresas estériles atrae clientes, sobre todo jóvenes, por los presuntos mejores precios y una despistadísima ilusión de rebeldía contra los negocios de siempre. Además Deliveroo y las similares Glovo y JustEat responden a un proceso de asocialización y homogeinización de las clases medias-bajas que quieren consumir pero lo quieren todo ahora,  hecho y sin salir de casa, renunciando a placeres como ir de compras o salir a comer que no saben valorar y hasta les resultan incómodos. Hablo de lo que de una forma deliveradamente imprecisa llaman economía colaborativa. Cuando comprobamos que el capitalismo especulativo de la década de 2000 genera crísis y ruina y que el capitalismo salvaje de la década de la austeridad trae pobreza y desigualdad, esta economía colaborativa que nos venden como un capitalismo cool necesita un epíteto que llegue más lejos expresando lo indomito y fuera de control: para adjetivar esta clase de capitalismo aún más feroz he pensado en corrupio, un adjetivo que no existe fuera de la expresión fiera corrupia pero que les dará una idea de por donde voy.

Las empresas de economía colaborativa entran a competir en sus respectivos sectores de actividad -transporte, logística, compraventa- autoproclamándose lo nuevo frente a los monopolios y oligopolios de viejos dinosaurios y al neoproteccionismo, aunque secretamente trabajen por convertirse en nuevos oligopolios. Hablan de compartir servicios, pero bajo ningún concepto compartirán los jugosos beneficios en juego, de los que no hablan, salvo para prometerles el oro y el moro a quienes vendan sus trastos viejos en Wallapop o alquilen su apartamento a través de Airbnb. ¿Por qué me recuerda esto tanto a las estafas piramidales?

Todos los casos no son idénticos. Ni en España ni -supongo- en otros países  hay norma alguna que prohiba a unos particulares compartir los gastos de un viaje en vehículos particulares; hacerlo, sea a través de Blablacar o de cualquier otra forma de contacto, no es competencia desleal a las empresas que transportan viajeros, siempre que el propietario del automóvil cuente con los seguros obligatorios y no supere las tarifas máximas recomendadas por la plataforma o red social, es decir, no pretenda hacer negocio; así lo ha dictaminado la justicia española. En esto, nada que objetar.

Protesta de taxistas contra la competencia de Uber
¿Quién tiene razón, si es que alguien la tiene al cien por cien, en el duro conflicto que se está dando entre el sector del taxi y las plataformas de transporte urbano Uber y Cabify, que en España ha dado lugar a manifestaciones y huelgas del sector tradicional e incluso actos de violencia? Por un lado el taxi ha sido siempre un sector refractario a los cambios donde además de especular con las licencias se producen abusos laborales con los asalariados, y por otro, si las plataformas han llegado para quedarse, ¿por qué las administraciones no hacen cumplir las proporciones de VTC y reglas de competencia que ellas mismas dictan?

Otra historia es lo que está ocurriendo con Airbnb, y merece especial atención en un país como éste en el que el 11% del PIB vive del turismo. Su estrategia de entrar sin llamar ha sido similar a la de otras plataformas colaborativas, pero esta firma se mueve en un sector muy susceptible, sobre el que unos -determinadas administraciones, partidos, asociaciones empresariales y periodistas-  son partidarios de abrir todas las puertas para, dicen, no matar a la gallina de los huevos de oro, pero la población en general, los barrios y las ciudades son quienes sufren las consecuencias de la masificación de visitantes y del turismo low cost, el de borracheras o el de cruceros de visto-y-no-visto en forma de molestias, perdida de identidad local y calidad de vida, precios prohibitivos y falta de acceso a la vivienda. En muchos casos ni siquiera son particulares para ayudarse a vivir en condiciones, sino negociantes, empresas y fondos buitre quienes sacan partido a sus propiedades con la mediación de Airbnb, que llega a permitir situaciones de ilegalidad. No me busquen apoyando o justificando a unos frikis que con la callada complicidad de la Generalitat enarbolan una bandera de turismofobia con pintadas, vandalismo y agresiones contra los turistas y quienes los traen, y que además no dan una los muy torpes -se les ve dañando inofensivos hoteles, autobuses y bicicletas, no apartamentos turísticos ilegales, segways y palos selfies-, pero tengo claro que hay que poner límites a la masificación, el urbanismo destructivo y el laissez faire ultraliberal.

Se habla ya de la uberización de la economía y con ella de la sociedad al referirse a una nueva ola de desregularización y mercantilización de bienes privados, un hipercapitalismo más competitivo que nunca al margen del mercado y el Estado.

Aquel día los repartidores de Deliveroo en Madrid no repartieron
El modelo capitalista imperante no está en condiciones de defendernos de que la robotización y la uberización del trabajo nos deje con menos empleo y de menos calidad. De hecho el fenómeno conlleva rebajas de calidad de vida, sustituye trabajo asalariado por trabajo autónomo -o falsamente autónomo como el de los repartidores de Deliveroo-, un mundo laboral en el que, para competir -fíjense en que no se habla de producir- hay que trabajar sin pausas, en cualquier momento del día o de la noche: el sueño más húmedo del capitalismo hecho realidad. Aún así los promotores y máximos beneficiarios de esta cuarta revolución industrial se ufanan de que apuestan por las energías renovables y sin carbono, sacan todo el partido a Internet como principal medio de comunicación social, descentralizan y desjerarquizan la economía y reconstruyen las relaciones humanas y los vínculos sociales... si ellos lo dicen. Pero quien crea la aplicación puede hacerlo desde cualquier sitio, a cualquier hora y durante las horas que sea preciso sin descansar, estar asegurado ni cotizar, quien la explota no tiene que afrontar cargas sociales. El conductor de Blablacar no tiene sus horas de manejo controladas en un tacógrafo como sí las tiene un conductor profesional; el repartidor de Deliveroo ha de estar todo el tiempo disponible y conectado; un piso de Airbnb no ha de cumplir normas de accesibilidad.

No me busquen en ese nuevo mercado; no uso aplicaciones de móvil, le pago mi compra a un cajero humano y no paso por una caja automática, voy a gasolineras donde un empleado me llene el depósito, no uso la máquina de check-in automático en un aeropuerto, le pido el café al camarero de un bar, no a un aparato electrónico.



jueves, 29 de junio de 2017

Playlist: Gitanos de verdad y de pega

Cuando llegan los días señalaítos,
hay muchos gachositos que son gitanos,
visten gitano, fuman gitano, y juran que su abuelo fue un buen gitano.

Cuando pasan los días señalaítos,
los mismos gachositos cazan gitanos,
muerden gitanos,
no quieren en la consulta a los gitanos,
y juran que en el mundo sobran gitanos.

Y cuando vuelven los días señalaítos,
hay muchos gachositos que son gitanos,
hablan gitano, cantan casi gitano,
y juran que su abuelo fue un buen gitano.
(Raimundo Amador, "Gitano de temporá")

Pos eso, primo:


1. Camarón: Soy gitano
2 .Pata Negra: Camarón ("La fragua estaba encendía, tu madre Juana cantaba, y tu padre Luis hacía alcayatitas gitanas")
3. Gato Pérez: Gitanitos y morenos
4. Lole y Manuel: Cabalgando ("van los gitanos")
5. Concha Piquer: Herencia gitana (Soy de la raza calé)
6. Patchai: Gitan
7. Balkan Beat Box: Gipsy Queens
8. Leonard Cohen: The gipsy's wife
9. Bob Dylan: Went to see the gipsy
10. The Impressions: Gipsy woman
11. La Niña de los Peines: Gitanita Tana y Tana

12. Edith Piaf: Le gitan et la fille
13. Peret: El gitano Antón
14. El Príncipe Gitano: Antonio Vargas Heredia ("Flor de la raza calé")
15. Sr. Chinarro: Gitana
16. Martín Buscaglia: La momia gitana
17. Los Amaya: Mi son gitano
18. Los Chichos: Gitanos
19: Los Chunguitos: Vive gitano
20. Gabinete Caligari: Gresca Gitana
21. Radio Futura: Canción del gitano
22. 12Twelve: Gitanita
23. José Menese: ¡Que buena gitana!
24. Estrella Morente: Salve gitana del Sacromonte
25. La Lupe: Amor gitano
26. Los Planetas: Nosotros somos los zingaros
27. Los fabulosos Cadillacs: Gitana
28. Raimundo Amador: Gitano de temporá
29. Antonio González el Pescailla: Taranto gitano
30. La Argentinita con Federico García Lorca: Zorongo gitano





lunes, 19 de junio de 2017

La revancha del jardinero fiel

Fotograma final de la película El jardinero fiel

Fue hace ya tiempo -si no recuerdo mal en otoño de 2004-. Me tocó cubrir el Congreso de la Sociedad Española de Medicina Interna, que reunió en Granada a tres mil médicos. En la conferencia de prensa de presentación, después de los principales organizadores, intervino el científico valenciano Bernat Soria que por entonces aún no era ministro de un gobierno socialista y, por lo tanto, no había sufrido la campaña de difamaciones por parte del periodista de extrema derecha Arcadi Espada que se demostró llena de falsedades. Por entonces Soria seguía en su exilio andaluz forzado por la persecución del gobierno Aznar y el búnker ultracatólico a la investigación en embriología. Lo cierto es que aquella conferencia de prensa acabó en debate entre Bernat Soria y Rolf Steuli -un debate hurtado por el segundo, pues el valenciano ya había marchado a presentar su ponencia cuando el suizo intentó desmontar todos sus argumentos ante los medios de comunicación españoles-. Streuli, valedor del lobby europeo de las industrias farmacéuticas y posterior presidente de PharmaPro, hizo sentir el largo brazo de este conglomerado patronal defendiendo que sus esfuerzos y su dinero -los suyos y los públicos- vayan a la mejora de los tratamientos a pacientes crónicos antes que a intentar curarlos con costosos programas como los surgidos de la investigación con células madre -"la medicina está para tratar, no para curar", dijo textualmente-. Antes Soria había vaticinado que las primeras aplicaciones clínicas de las células madre servirían para combatir enfermedades raras que entonces -ni aun hoy la mayoría- no tenían tratamiento conocido y sólo después llegarían alzheimer, diabetes o parkinson... A la poderosa industria del fármaco le traen al fresco las  dolencias raras; no son un mercado. En cuanto a otras más frecuentes -y rentables- ¿se resignarían los laboratorios a quedarse sin millones de pacientes diabéticos? No, mejor que se queden como están, con sus vidas dependiendo de los fármacos que ellos fabrican y comercializan. Los organizadores del congreso, bien untados por el negocio de la enfermedad -hubo más presentaciones de nuevos compuestos que ponencias, como es habitual en estas reuniones-, decían amén a sus patrocinadores, miraban con suficiencia a aquellas autoridades que osaban mantener que los medicamentos genéricos no sólo son más baratos sino a menudo más fiables que las marcas y describían a la industria del comprimido y la inyección -¡y el supositorio!- como una beatífica hermandad que invierte mucho dinero y muchos años en experimentar con un producto antes de sacarlo al mercado.

He recordado este episodio del pasado -¿?- al tener noticia de Sick Sick Sick, la campaña de la asociación Salud Por Derecho que reclama medicamentos para todos y que denuncia que en la actualidad y en todo el mundo una de cada tres personas no tienen acceso a los medicamentos que necesita, lo que lleva a exigir de las empresas farmacéuticas prácticas más humanas y más honestas: es imprescindible bajar el precio de los fármacos, investigar enfermedades sea ono rentable su tratamiento -una sociedad sana siempre lo es-, revelar los datos de estas investigaciones y qué porcentaje de ellas se paga con fondos públicos. Para ilustrar la crueldad e injusticia de este sistema farmacéutico Salud Por Derecho ironiza simulando un concurso -"Sick Sick Sick" es su nombre- en el que tres participantes luchan para conseguir un medicamento que trate y cure su enfermedad y un jurado decide quien gana, es decir, quien tiene la oportunidad de curarse. Elresto, mejor no pensarlo. Juzguen ustedes:


El control férreo de las patentes por parte de las farmacéuticas es uno de los pilares de este sucio negocio: no sólo se patenta el producto final; también el principio activo, lo que, con la colaboración de las distintas legislaciones, prohibe que pueda comercializarse un genérico hasta veinte años después de que salga al mercado el producto de marca. Este oligopolio de las patentes explica los astronómicos precios: los fármacos efectivos para el tratamiento de dolencias graves como cáncer, sida o hepatitis C se venden al sistema sanitario a precios que representan entre cien o mil veces su coste de fabricación, lo que dispara la factura sanitaria que pagamos todos y amenaza con hacer insostenibles los sistemas públicos de salud, que se ven obligados a recortar personal y medios para poder pagar la desorbitada factura farmacéutica. La explicación que dan las empresas -necesitan beneficios para reinventirlos en investigar nuevos remedios- es más falsa que Judas: la industria farmacéutica sólo invierte en I+D un uno por cien de lo que gana; esa investigación se la pagan los estados, bien en educación yformación de investigadores altamente cualificados o bien en financiar directamente los proyectos. Parte de estosén últimos también los pagan mecenas privados que nada tienen que ver con el negocio farmacéutico. Así secierra el círculo: les pagamos a estas empresas la búsqueda e invención de productos que, envasados y con marca, nos venderán ellas mismas a precios estratosféricos.

Además de estas firmas que fabrican determinados principios activos y los convierten en fármacos que patentan y venden, existen otras que no fabrican nada; ompran las patentes y especulan con ellas, obteniendo ganancias multimillonarias: Gilead Sciences, a pesar de su nombre, no ha inventado ni fabrica nada, ni siquiera el Sofosbuvir, el fármaco más efectivo contra la hepatitis C; lo ha patentado y vende a precios inaccesibles las grajeas de Sovaldi, que lo contienen. Estos abusos de la industria provocaron grandes movilizaciones en 2014. Un caso aún más famoso de especulación con medicamentos es el del estadounidense Martin Schkrelli, director ejecutivo de Turing  Pharmaceuticals, un auténtico sociópata que, cuando se le han pedido cuentas por sus maniobras para multiplicar por cinco mil el precio de algunos medicamentos contra las inmunodeficiencias cuyas patentes acababa de comprar, su respuesta ha sido "son legales, se llama capitalismo" (¡viva el mal, viva el capital!)

Martin Schkrelli, el rostro del mal
Si han leido El jardinero fiel de  John Le Carré o visto su adaptación cinematográfica (The constant gardener. Fernando Meirelles, 2005) sabrán cómo se las gastan la industria farmacéutica y cómo puede tener a sueldo administraciones, bufetes y hasta sicarios para frenar en seco a quién ose obrtaculizar sus maquiavélicos planes. Y como se estarán dando cuenta de que el acaparamiento y defensa a ultranza de la ptopiedad intelectual habrán comprendido que vengar el final de personajes como los que interpretaban Ralph Fiennes y Rachel Weist pasa necesariamente por saltarse a la torera las leyes que defienden esos derechos sobre las patebtes. Y puesto que adquirir genéricos a través de Internet no es seguro, habría que optar por formas de piratería que burlen el sistema de patentes farmacéuticas establecido... y a quien le pique, que se rasque.



martes, 6 de junio de 2017

Lejos de las estrellas: El cine low cost



El culto en el cine es un fenómeno muy particular. Normalmente los títulos que obtienen la resbaladiza calificación de filmes de culto responden a una moda, morbo o al prurito de connoisseurs que algunos pretenden colocarse como una medalla en su pecho o bien a fetichismos, bizarrías y devociones fanáticas que sirven para rescatar del olvido pequeñas joyas perdidas y también bodrios que deberían yacer sepultados bajo muchos metros de amnesia. Hay mucho cine de la llamada Serie B que, tras sufrir el desprecio de la crítica de su época, se ha visto reivindicado y ha entrado en la mentada consideración de cine de culto. Empezaré este artículo por aproximarme a las raíces de un modo de producción para después detenerme en unos géneros y unos años que, por poco tratados, me parecen interesantes.

PARTE I: LOS AÑOS DEL PROGRAMA DOBLE

Tan erróneamente mitificado como injustamente despreciado, aquello a que nos referimos cuando hablamos de Serie B abarca un periodo de tres décadas -los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado- en el sistema de producción de películas de Hollywood que legó obras fundamentales para entender la evolución de la cinematografía, algunas de ellas muy notables. Serie B no es un tipo de cine sino de producción, ni mejor ni peor que el de las grandes producciones, caracterizado por los bajos presupuestos, siempre por debajo y a menudo muy lejos de los doscientos mil dólares de la época, los rodajes rápidos. los metrajes inferiores a la hora y media y la ausencia de estrellas del star system o de directores conocidos en el momento de su contratación, aunque algunos grandes realizadores comenzaron sus carreras en películas de Serie B.

La Serie B es fruto de la Gran Depresión que empezó en 1929, como las novelas de John Steinbeck y las canciones de Woody Guthrie. A lo largo y ancho de EE.UU. los cines, en su mayor parte franquicias en manos de las productoras de Hollywood, iban cerrando uno a uno debido a la gravísima crisis económica. La industria contraatacó con el programa doble, que por el precio de una función ofrecía una producción de las grandes compañías -las majors-, que se llevaba gran parte de los beneficios, complementada por una película de Serie B que se alquilaba al cine a coste fijo, con lo que obtenía menos beneficios pero nunca perdía dinero. La nueva oferta hizo volver al público a las salas y la producción de películas de Serie B se convirtió en un negocio tan rentable que no se limitó a unas productoras especializadas -Republic, PRC, Monogram o Eagle Lion-, sino que los grandes estudios crearon sus propias secciones de cine barato, del que hablaré más adelante. La Serie B fue una mia para el cine de género, destacando la producción de western y policiaco en la d,cada de 1930, cine negro y terror en los cuarenta y ciencia ficción en los cincuenta.

Artesanos de la Serie B

Entre los cineastas especializados -o recluidos- en la serie B podemos citar actores, guionistas o directores. Entre estos últimos podemos citar a Allan Dwan, un mito de la productividad: centenario, con más de seiscientos títulos en su carrera. Hizo de todo y casi todo ya olvidado, salvo una de las mejores películas bélicas de la historia, Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, 1949). También tiene su rinconcito en el fantástico más psicotrónico gracias a la impagable Driftwood (1947).  Su argumento merece ser reseñado: un predicador muere en el momento más apasionado de un sermón. Sunieta busca vengarse del Maligno en la mismísima Sodoma. En el viaje ve al Demonio surcar el cielo para convertirse en un avión que se estrella contra una montaña y encuentra un perro huido de un laboratorio cuya sangre mutada contiene el remedio contra una epidemia de meningitis. Sin complejos. Interesantísima también es su última película, Most dangerous man alive (1958), puro pulp rodado con  una escasez de medios patética , cuenta la historia de un gangster evadido de presidio que en su huida va a dar con sus huesos en una base secreta donde se realiza una prueba nuclear que hará que su carne vaya mutando en acero.

Hay un nombre esencial de la ciencia ficción de bajo presupuesto. Jack Arnold nos dejó a mediados de los cincuenta algunos de los mejores títulos de la historia del género. Nadie pensa en el exiguo presupuesto de la producción cuando está disfrutando de joyas como It came from outer space (1953), La mujer y el monstruo (Creature of the Black Lagoon, 1955), Tarantula (1955) y sobre todo El increible hombre menguante (The incredible shrinking man, 1957).

Ejemplo de simbiosis entre productor y director es el caso de George Pal y Byron Hashins. Su colaboración dio lugar a un estupendo melodrama de aventuras, Cuando ruge la marabunta (The naked jungle, 1967) y un prodigio de rentabilización de recursos y efectos visuales, su adaptación de La guerra de los mundos (War of the worlds, 1953).


Tan colorista como el cine de Haskins para Pal es la colaboración del maquetista, mago de la animación stop-motion y rey de los efectos visuales durante tres décadas Ray Harryhausen y el longevo director Nathan Juran. De entre sus trabajos en común sobresale la mejor película del ciclo de SimbadSimbad y la princesa (The seventh voyage of Simbad, 1958), y la imaginativa La gran sorpresa (First men on the Moon, 1964),  con una imaginería visual riquísima y desacomplejada que recuerda a las folclóricas ideas sobre la vida en la Luna de Georges Méliès.

Invasion of the saucer men
Edward L Cahn le llamaban malévolanente Edward can't (Edward no puede) en referencia a su supuesta incompetencia. Nada más injusto. Este duro trabajador del cine barato fue un visionario capaz de dar con soluciones visuales que suplían la escasez de medios poeedor de una gran capacidad de síntesis para narrar complejas aventuras en poco más de una hora. De Cahn son varios divertidos trabajos en torno al vudú, Zombies of  Mora Tau (1957) y Voodoo Woman ( 1957), así como cuatro de los títulos más significativos -y no por ello mejores- de la ciencia ficción de la época, The she-creature (1956), sobre regresiones hipnóticas y criaturas abisales; tres años después la casposilla The insisible invaders (1959), sobre unos selenitas que invaden la Tierra apoderándose de cuerpos humanos, casi todos con una pinta de contables con la que probablemente Cahn pretendía subrayar la frialdad y carencia de empatía de los alienígenas -pura sutilidad-, y enmedio de ambas, dos clásicos: It, The terror from beyond space (1958), principal fuente de inspiración de Alien, el octavo pasajero (Alien. Ridley Scott, 1979) y modelo de arquitectura fílmica por el uso de un único escenario dividido en cuatro niveles; laotra es Invasion of the saucer men (1957). Tiene de todo, adolescentes atolondrados que acaban siendo los salvadores del planeta, paletos armados hasta los dientes y unos impagables marcianos con cabeza de lechuga -indelebles iconos de la imaginería fantacientífica- que matan a sus víctimas inyectándoles alcohol.

Curt Siodmack, hermano menor del reputado Robert Siodmack, se ganó la vida escribiendo a destajo guiones para películas de monstruos para Universal y los seriales de El hombre invisible y Tarzán. Cuando se decidió a dirigir sus aportaciones al cine de Serie B fueron cuanto menos peculiares: Bride of the gorilla (1951), rodada en seis días, y sobre todo la divertidísima The magnetic Monster (1953). En esta última el monstruo magnético del título está metido en un bote pero puede robar la energía de una gran ciudad. Lo combaten los A-Men (¡!) -hombres-átomo, un grupo de detectives con grandes conocimientos científicos-. Para que todo suene muy tecnológico se suceden planos y más planos de contadores, cacharritos electrónicos, fórmulas matemáticas incomprensibles... pero bueno, se deja querer por su simpático alegato contra la experimentación incontrolada con radiactividad.

Siodmack escribió para la pequeña productora Monogram un guión que unió a dos realizadores de la casa en sendas películas basadas en el mismo texto: The Ape (William Night, 1940), con Boris Karloff,  y The Ape Man (William Beaudine, 1943), ésta protagonizada por Bela Lugosi. ¡Un solo guión para dos películas. eso sý es ahorrar!, aunque la segunda es una de las más torpes películas de la historia. Beaudine fue otro de los adictos al trabajo -¿esclavos?-, con  una filmografía cercana a los doscientos títulos. En ella destaca por absurda The face of marble men, que con total descaro mezcla vudú, mitología griega, zombis y vampirismo, con momentos especialmente gloriosos como los muertos que regresan de sus tumbas con caras de mármol o el perro vampiro trnsparente fruto de un descabellado experimento de John Carradine, actor asiduo de la Serie B.

Por lo general, un director que comenzaba trabajando en la Serie B vegetaba para siempre en ella si no tenía talento o éxito para ser ascendido a las grandes producciones. Ninguno de los dos fue el caso de Edgar G. Ulmer, magnífico cineasta checo discípulo del mismísimo Murnau, cuya eternización en la Srie B fue un castigo a sus travesuras: se le ocurrió robarle la mujer a un directivo de Universal que se encargó de que desde entonces Ulmer jamás levantara cabeza. Por entonces ya había rodado Satanás (The black cat, 1934), una de las maravillas de la edad de oro de Universal, pero después ninguno de sus rodajes superó los seis días. Durante su larga condena Ulmer nos dejó algunos productos interesantes, como The daughter of Dr. Jekyll (1957), Beyond the time barrier (1960) y la estupenda The man from planet X (1951), un argumento tontorrón con gran riqueza visual, una pequeña pieza de arte extraido de la basura. Por si fuera poco es un atrevido alegato contra la xenofobia y el terror mccarthista de la época, con el sufrido planeta X huyendo como alma que lleva el diablo de los intratables terrícolas al final de la historia.

No existe nada parecido a una Serie Z, salvo quizá el cine de exploitation: es un mero retruécano de frikis y fans del cine basura. Por eso hay que inscribir en la Serie B al más mitificado de los malos directores, Ed Wood. Ni tan rematadamente inepto como proclama la leyenda ni tan divertido desde un visionado cínico de su obra. Sus películas son tremendamente aburridas por su torpeza y falta de ritmo y sólo sus escandalosos errores de raccord y sus surrealistas diálogos provocan unas risas. Sin embargo siempre habrá que alabar su voluntarismo y e infatigable amor por su profesión que demostró el autor de Glen or Glenda (1953), Night of the ghouls (1958) o Plan 9 from outer space (1959).

Hasta ahora he recordado los nombres más conocidos pero la Serie B dio también un buen número de especialistas como Edward Berns, un exsonidista a sueldo del departamento de películas baratas de Columbia. Él firma un clásico del cine kistch, Queen of outer space (1958) -en la imagen superior-, con la irrepetible Zsa Zsa Gabor al frente de una rebelión contra la malvada tirana de Venus, planeta habitado por mujeres de largas piernas y cortas faldas en el que aterrizan tres astronautas masculinos que revolucionan las feromonas de medio astro y hacen que la protagonista luzca un modelo por secuencia. Una de las películas más petardas que puedan verse. Divertida.

House on haunted hill (1958) de William Castle, un director de Allied Artists, revela a un cineasta en las antípodas de un Jacques Tourneur: Castle no insinúa, él muestra crudamente, optando por la artificiosidad y el descaro cuando los pobres efectos especiales denuncian baratura. La contraposición de un exterior moderno e interiores góticos, lo rebuscado de la trama y un siempre elegantemente sobreactuado Vincent Price convierten a House on haunted hill en la gran película de fantasmas de la Serie B.

Joseph Newman es un director que se asocia a un sobrevalorado clásico de la ciencia ficción, This island Earth (1955). Pese a acabar aburriendo, la colorista invasión de los habitantes de Metaluna dista mucho de la mediocridad que caracteriza el resto de su filmografía. Roy Del Ruth es otro hombre de una sola película -que merezca la pena recordar-. The alligator people (1959), honesta cinta de ciencia ficción en la que los guionistas abordan el truculento argumento como si de un drama sureño a lo Tennessee Williams se tratara, con una puesta en escena a ratos muy osada. Por último Irving S. Yeaworth era vocacionalmente un director de cine religioso, pero en su faceta laica nos dejó otro mito del cine low cost, La masa devoradora (The blob, 1958). Un jovencísimo Steve McQueen -un James Dean más modosito- debe alertar a sus escépticos vecinos en pleno sábado noche de la amenaza de una gelatina extraterrestre que crece y crece devorando a cuanto terrícola encuentra a su paso. La masa parece enteramente una gelatina de frambuesa, lo que da a la película un toque pop muy apreciado por los mitómanos. Por si no bastara con su inolvidable canción.

Evidentemente el cine de bajo presupuesto tiene también sus actores. En general en la Serie B lograban papeles protagonistas actrices y actores que no pasaban de secundarios -o tan solo hacían bulto- en las producciones A. Mientras algunos directores se sentían más a gusto en las producciones baratas por la independencia que les proporcionaban, para ningún intérprete eran plato de gusto, y se dieron casos dramáticos. Rodo Hatton fue uno de los actores más injustamente tratados por la industria: las armas químicas usadas en la Gran Guerra le enfermaron de agromegalia, que le deformó los huesos de la cabeza. Su aspecto fue aprovechado por las productoras para condenarle a papeles de monstruo como en The brute men (Jean Yarbourgh, 1946). Hatton, buen actor y hombre sensible, siempre se lamentó amargamente de la deshumanización y falta de matices con que se dibujaba a sus villanos. Boris Karloff pasó de triunfar encarnando a la criatura de Frankenstein (James Whale, 1931) a acabar enfrentando a su personaje a especímenes como Abbot y Costello o la Mula Francis y  protagonizar oscuros filmes mexicanos frente a luchadores enmascarados. Pero Karloff era un buenazo que lo encajaba todo con deportividad y ganó la redención en su última película, la brillante El héroe anda suelto (Targets. Peter Bogdanovich, 1968). No se puede decir lo mismo del protagonista de Drácula (Todd Browning, 1932). El húngaro Bela Lugosi. En pleno esplendor cayó en el alcoholismo, que le redujo a papeles de reparto, y no se le ocurrió nada mejor que curarse con morfina, lo que le condenaría a sbproductos como Bela Lugosi and the Brooklin gorilla (William Beaudine, 1952) y tres películas de Ed Wood en las que Lugosi era una patética caricatura.

Las productoras de Serie B

Republic, fundada en 1935 por Herbrt J. Yates, se caracterizó por un sello de calidad ajeno a otras pequeñas productoras, aunque se prodigó en seriales: Los tambores de Fumanchú (Drums of Fu Manchu. Varios directores, 1940) o Las aventuras del capitán Maravillas (Adventures of captain Marvel. Varios directores, 1941), y algonos largometrajes dirigidos por Lesley Selander, como The vampire's ghost (1945). Republic mantuvo su actividad hasta 1959.
PRC (Producers Releasing Pictures) nació de otra pequeña productora, PDC, especializada en filmes patrióticos anti-nazis que fomentaban el intervencionismo en la Segunda Guerra Mundial. Nacida en 1939, también estrenó una famosa cinta con Bela Lugosi, The devil bat (Jean Yarbourgh, 1940).

Monogram fue la pionera de las productoras especializadas en cine barato. Nació en 1930 y de su legado destaca La casa ebcantada (Ghost on the loose. William Beaudine, 1943), que se permitió el lujazo de contar con Ava Gardner. En 1953 fue absorbida por Allied Artists, que produjo la obra maestra La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of body snatchers. Don Siegel, 1956).

De corta vida, entre 1945 y 1950, Eagle Lion se dedicó al western y el cine negro, pero también fue responsable de uno de los grandes éxitos de la ciencia ficción de los cincuenta, Con destino a la luna (Destination moon. Irving Pichel, 1950), con agotadoras pretensiones de realismo documental.

Si el cine de Serie B identificaba su origen en la Gran Depresión de los treinta y los programas dobles, su final llegó a principios de los años sesenta, cuando el Tribunal Supremo de los EE.UU. ilegalizó el negocio vertical por el que las productoras eran dueñas de las salas de proyección y cuando la universalización de la televisión causó un brutal descenso del número de espectadores. Pero el verdadero fin, y el comienzo de una nueva era, lo marcan la fundación de una productora independiente, American International Pictures (AIP), de Smuel Z. Arkoff y James H. Nicholson, y un director a sueldo de la marca el ya nonagenario y aún activo Roger Corman. Sus hallazgos fueron ir directamente a por el público adolescente y reinvertir lo ganado con cada producción en otra nueva, si es posible mejor y más cara. Durante los cincuenta AIP produjo ciencia ficción y terror juvenil -I was a teenage werewolf (Gene Fowler Jr., 1957), I was a teenage Frankenstein (Herbert L. Strock, 1957)- películas sobre hombres gigantes por mor de la radiactividad firmadas por Bert I. Gordon -The amazinz colossal man (1957), Attack of the puppet people (1958)- y enormes éxitos que rentabilizaron al máximo modestísimas producciones como Attack of giant leeches (Bernard Kowalski. 1960) -leeches son sanguijuelas, no la fruta de los restaurante chinos- o Terror from the year 5.000 (Robert Guirney Jr., 1958). Entonces va Roger Corman y con La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960) inicia su serie de adaptaciones de Edgar Allan Poe, en color y con presupuestos que superaban los doscientos mil dólares por película. Cine barato habrá siempre -años más tarde Sundance y Tribeca glorificaron el cine independiente norteamericano y Troma rentabilizó el cine -, pero la Serie B tal como la entendemos había muerto.

Los departamentos de Serie B de las majors

20th Century Fox: Su producción B es muy variada y a mitad de los cincuenta se independizó en la productoa Regal Films. Suyos son títulos como Invaders from Mars (William Cameron Menzies, 1953), Kronos (Kurt Newman, 1956), The Unknown terror (Charles M. Warren, 1957) y la tardía producción con la británica Hammer The Earth dies screaming (Terence Fischer, 1964).

Warner Bros: Esta productora daba un toque de Serie B a todo lo que hacía, aunque entre su oferta low cost destaca The beast with five fingers (Robert Florey, 1945).

RKO: La sección de serie B de la productora de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) pasó a la historia por el trabajo del productor ucraniano Val Lewton, que incluye inmortales títulos dirgidos por Jacques Tourneur -La mujer pantera (Cat People, 1942),  Anduve con un zombi (I walked with a zombie, 1943) y The leopard man (1943)-, Mark Robson -Isle of the dead (1945) y Bedlam (1946)- y Robert Wise -Ladrones de cadáveres (The body snatcher, 1945)-.

Columbia: Importante es también el departamento low cost de esta major. Produjo el serial Batman (Lambert Hillyer, 1943), piezas de terror como The face behind the mask (Robert Florey. 1940), la tetralogía en la que Boris Karloff interpreta a un mad doctor inaugurada con The man they could not hang (Nick Grinde, 1939), la extraordinaria La noche del demonio (Night of the demon. Jacques Tourneur, 1957)  y alguna incursión en la ciencia ficción de la mano de Juran y Harryhausen: 200 millions miles to Earth (Nathan Juran, 1957).

Universal: Fue la productora de cine fantástico por excelencia en años de blanco y negro, tanto en Serie A como en Serie B, desde que en los años treinta creara franquicias de sus monstruos más conocidos: Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo, el Hombre invisible, la Momia. Pero esta faceta de Universal ha sido mitificada en exceso, pues sus directivos trataron con desprecio los géneros que les daban de comer -en buenos restaurantes- que, en cierta forma, les avergonzaba. El departamento de Serie B de Universal se encargó de las secuelas de sus mitos terroríficos, con marcado tono serial, en casos aislados tan magistrales como La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein. James Whale, 1935) pero también con revoltillos de monstruos -las monstermash- buenos como La cíngara y los monstruos (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) o ridículos como aquellos en los que los monstruos de Universal debían enfrentarse a cómicos de la casa, humanos -Abbot and Costello meet Frankenstein (Charles T, Barton, 1948)- o equinos -Francis in the haunted house (Charles Lamont, 1956). Universal también produjo seriales espaciales en color protagonizados por Flash Gordon y, en los primeros años del sonoro, pequeños clásicos del terror como El cuervo (The raven. Louis Fredlander, 1935) o El gato negro (The black cat. Al Rogell. 1941). En una segunda época Universal prestó un servicio aún mayor a la historia del cine norteamericano al producir los clásicos de Jack Arnold y pel´culas de invasiones alienígenas y monstruos radiactivos como la interesante The mole people (Virgil Vogel, 1956) o las alucinadas The monolith monsters (John Sherwood, 1957) y The deadly mantis (Nathan Juran, 1957)

Top de la Serie B

Veinte títulos imprescindibles de programa doble:

1. La novia de Frankenstein (James Whale, 1935)
2. El increible hombre menguante (Jack Arnold, 1957)
3. La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942)
4. La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers (Don Siegel. 1946)
5. Bedlam (Mark Robson, 1946)
6. La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954)
7. La gran sorpresa (Nathan Juran, 1962)
8. Man from planet X (Edgar Ulmer, 1951)
9. Simbad y la princesa (Nathan Juran, 1958)
11. It! The terror from beyond space (Edward L. Cahn, 1958)
9. Anduve con un zombi (Jacques Tourneur, 1943)
10. La guerra de los mundos (Byron Haskins, 1953)
11. Queen of outer space (Edward Berns, 1958)
12. Night of the Ghouls (Ed Wood, 1958)
13. The alligator people (Roy Del Ruth, 1959)
134 The monolith monsters (John Sherwood, 1957)
15. La masa devoradora (Irwin S. Yeaworth, 1958)
16. Invasion of the saucer men (Edward L. Cahn, 1957)
17. Return of the fly (Edward Berns, 1959)
18. El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960)
19. El hombre con rayos X en los ojos (Roger Corman, 1963)
20. Them!, La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954)



PARTE II: AGUJEROS NEGROS (CINE FANTÁSTICO DE CULTO DE LOS SETENTA Y LOS OCHENTA)

En el cine fantástico es habitual rendir un culto más o menos friki a la ciencia ficción barata de los años cincuenta, al gore más bizarro -aceptando la acepción de este adjetivo como extravagante- o a determinados creadores que levantan pasiones como sublimadores de lo barato -Corman, Wood, Franco- o por poseer universos muy particulares -Burton, Bava-, pero hay épocas de las que parece que nadie se interesa por recuperar productos que pasaron casi desapercibidos, bien por su mala suerte en taquilla, por sus pergrinos argumentos temáticos o formales o porque fueron concebidos a la sombra de modas pasajeras o para chupar rueda de obras mayores a las que imitaban a destiempo: no exploitation movies pero casi.

Las tres últimas décadas, dominadas por las superproducciones, el alarde de efectos digitales -con tanto croma y CGI no hay forma de distinguir una película de acción real de una de dibujos animados- la megalomanía y los presupuestos indecentes, han arrumbado a los desvanes a un buen puñadode filmes modestos que son almenos significativos para la evolución del cine fantástico que en algunos casos destacan por inclasificables y en ocasiones, las menos, son gemas que cayeron injustamente en elolvido. Esta miscelánea de obras mayores y menores constituye un agujero negro en la historia del fantástico posterior a 2001, una odisea en el espacio (2001, a space oddisey. Stanley Kubrick, 1968). Intentemos sacarlas del pozo.

Inteligencia artificial


Tal vez concebida como una respuesta más barata al clásico de Kubrick, Colossus, the Forbin Project (Joseph Sargent, 1970) es un interesante exponente de cierta ciencia ficción mecánica de su tiempo con un enfoque apocalíptico que con el paso de los años ha conseguido el reconocimiento que en su época no tuvo. El título es el nombre de una superrcomputadora a la que se ha cedido el control del armamento nuclear estadounidense. Colossus logra comunicarse con Guardian, el sistema similar soviético. Ambos se alían para neutralizar el poder de la humanidad, a la que consideran la mayor amenaza para sí misma. En ella se adelanta casi tres lustros la hipótesis que plantea de forma más infantil Juegos de guerra (War games. John Badham, 1984). La brillante premisa del film de Sargent se enriquece con la trama individual de Forbin, el científico que creó la máquina y único interlocutor humano aceptado por Colossus. Éste, en unas secuencias casi cómicas, le encierra en un apartamento, le planifica cada hora del día y sólo le prmite unas horas de intimidad con una supuesta amante, que es en realidad la conexión de Forbin con el resto del mundo.  Con unas colosalistas imágenes iniciales de la máquina, un vigoroso ritmo y una puesta en escena elegante y efectiva, merece un puesto entre las obras mayores de la ciencia ficción.

El tema cinematográfico del robot puede plasmarse de formas muy diversas, pero la más extraña tal vez sea la perspectiva feminista. Por eso The Stepford wives (Bryan Forbes, 1975), basada en un best-seller de Ira Levin, es una película de culto desde su estreno. Su trama es original: un ama de casa inquieta e inteligente fija su residencia en el plácido pueblecito de Stepford con su marido. Sus vecinas son tremendamente simpáticas, tan complacientes y dispuestas que parecen irreales, hasta que se revela la verdad: el machista club de hombres de Stepford está sustituyendo a las esposas de los convecinos por robots femeninos. tan hermosas como sexualmente complacientes. La protagonista empieza a temer que también ella sea asesinada para convertirse en robot. La referencia a La invasión de los ladrones de cuerpos (Robert Wise, 1951) es evidente, pero el vibrante suspense y el innovador uso de los recursos sonoros realzan una película mayúscula. Bastante flojo es el remake Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2003).

No tan logrado es el curioso antecedente de las temáticas ciberpunk The terminal man (Mike Hodges, 1974); basándose en una novela de Michael Crichton. alarga demsiado las desventuras de un programador de computadoras que, para frenar las convulsiones que sufre a raiz de un accidente, se implanta un microordenador en el cerebro, lo que hace que su voluntad no vuelva a ser la misma.

Anterior en un lustro y adaptada de la preciosa novela de Daniel Keyes Flores para Algernon, otra poco conocida película que habla del incremento artificial de la inteligencia es Charly (Ralph Nelson, 1968), en realidad una historia de amor con un punto de partida futurista. Un adulto que padece retraso mental es sometido a un experimento que le convierte enun genio. Enamorado y correspondido, debe enfrentarse después a una regresión hacia su estado inicial. El tema requería una gran sensibilidad enel guión de la que éste carece. La estupenda interpretación de Cliff Robertson es lo que la salva.



Un futuro incierto

Sólo unos meses después de que se estrenara una de las mejores distopías cinematográficas, La naranja mecánica (A clockwork orange. Stanley Kubrick, 1971) era perpetrada una de las más aburridas y torpes, Edicto siglo XXI: prohibido tener hijos (Z.P.G.:Zero population growth. Michael Campus, 1972). Se adelantó algunos años a una cinta parecida pero mucho más famosa, La fuga de Logan (Logan's run. Michael Anderson, 1976). Pero si ésta era mala -sí, horrorosa, lo mantengo-, Edicto... es aun peor: la historia mil veces contada de una parejita que decide traer un hijo a un mundo superpoblado y hambriento desafiando la prohibición gubernamental. Una fea mancha en las carreras de Oliver Reed y  Geraldine Chaplin y todo un alegato en favor del aborto libre, gratuito ¡y obligatorio!.

Catástrofe y extinción

Olvídense de bodrios apocalípticos como Armaggedon (Michael Bay, 1998) o Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Estos meteoritos destructores tuvieron un olvidado adelanto en Meteor (Donald Neame, 1979) una de pedrusco gigantesco que amenaza a la Tierra y que sin ser gran cosa tiene excelentes actores que hacen olvidar a Buce Willis y sus muchachos. Lo mejor del argumento es la forma tan ladina en que rusos y americanos reconocen tener satélites ofensivos secretos que deben unir fuerzas contra la amenaza sideral.

Más divertida -aunque realmente espantosa- es La noche del cometa (Night of the comet. Tom Eberhart, 1984), en la que las supervivientes de un Los Angeles borrado del mapa por el paso del Halley parecen animadoras de un equipo de fútbol americano.

La evolución no tiene por qué detenerse en el hombre pero ¿quién iba a decirnos que la próxima especie dominante en el planeta será la hormiga? Un exceso de radiación solar -¿quién me ha robado la Nivea?- aliado con una extraña conjunción de planetas provoca cambios en la Tierra, al principio imperceptibles, hasta que un científico se da cuenta de que las distintas especies de hormigas han dejado de combatir entre sí y trabajanunidas como un ente único e inteligente, una colectividad organizada y disciplinada que va tomando el control del mundo. Al final acaban generando una nueva especie, mitad hombre y mitad hormiga. Esta fascinante historia se llama Phase IV (Saul Bass, 1973) y aunque aquí se estrenó con mucho retraso y el oportunista y engañoso título de Sucesos en la cuarta fase, no es una exploitation de la millonaria película de Spielberg, que no se estrenó hasta 1977 y con la que no guarda ninguna relación. Phase IV parece, sobre todo en los momentos iniciales, un documental de National Geographic, y en la credibilidad que destila reside su radical originalidad.

Miedo pero poquito

Fantasma, ¿qué tiene esa bola...?
A mitad de camino entre el terror gótico -¡lápidas, cementerios!- y la ciencia ficción, pero claramente de culto -excesivo a mi entender-  es Fantasma (Phantasm. Don Coscarelli, 1979), que aporta, con tono no siempre voluntario de comedia negra, una interesante variante a las películas de zombis: una raza alienígena rapta y devuelve a la vida a los muertos para emplearlos como esclavos en otra dimensión. De pequeño te aterrorizaba, pero hoy provoca más bostezo  que espanto -ni siquiera risa-. Aunque esa bola asesina...

Cerrando este apartado dedicado al terror y la época, he de citar la que considero la anti-secuela: El exorcista III (William Peter Blatty, 1990) es un film cargado de tensión que tiene en su contra su título, Otro gallo habría cantado si se hubiera estrenado como lo que es, la adaptación de la novela del propio Blatty Legión. Ya se había negado a participar en la primera secuela el autor de El Exorcista, de la que sólo permanecen un par de personajes. Blatty prefiere aquí hablar de asesinatos enserie en lugar de posesiones, aunque la productora obligó a incluir unaescena de exorcismo al final. La serie Bhabía muerto, pero no las presiones dela indusria a los creadores.

PARTE III: CULTOS DE NO MUY BUEN GUSTO

En los Estados Unidoos de los años setenta se llamaba grindhouse a un subgénero cinematográfico -y por metonimia a las salas que lo proyectaban en programas dobles- básicamente formado por películas gore -casi siempre con víctimas demasiado jovencitas y tetonas- y exploitation, que acabaron en los más inmundos videoclubes. En 2007 dos mitómanos compinches, Quentin Tarantino y Robert Rodríguez,  homenajearon toda aquella basura en un díptico titulado precsisamente Grindhouse. Estaba formado por dos largometrajes; el primero, Death proof, dirigido por Tarantino, el diálogo citaba explícitamente Punto límite cero (Vanishing point. Richard Sarafian, 1971); el de Rodríguez, Planet Terror, mete en una Turmix zombis, armas largas y amputaciones; además incluye varios trailers de películas imaginarias con títulos como Werewolf women of the SS, Machete o Hobo with a shotgun.

Chuck Norris, carne de Cannon
Desde los tiempos de la Serie B, mucho habían cambiado las cosas -y los presupuestos- en el cine amerticano. Por eso se puede considerar ahorrativa la conocida cita de Menahem Golan: "Nunca haré una película de treinta mllones de dólares, No sabría qué hacer con treinta millones. Puedo hacer treinta películas con ellos". La verdad es que en su época, los ochenta, la Cannon no molaba, ni en los cines más cutres. La C y la flecha de su logotipo al principio de una película sólo podía indicar que lo que venía a continuación era un disparate: acción, explosiones, persecuciones y poco o nada más. Y aun así durante una década se codearon con las majors y hasta llegaron a producirle una película al mismísimo Jean-Luc Godard, la intragable El rey Lear (King Lear, 1987). Cuentan que William Shakeaspeare no ha vuelto a descansar en su tumba desde entonces.

En el Israel de los años setenta Golan y Yoran Globus juntaron su entusiasmo, su total desinterés por lo artístico y los ahorros y las ganas de hacer películas de Menahem y las llevaron a Hollywood. Allí se hicieron a precio de saldo con Cannon, una productora al borde de la quiebra especializada en reestrenar con otros títulos y alguna estrella norteamericana en horas bajas películas eróticas europeas. En los principios, la fórmula de la nueva Cannon es simple: películas muy baratas de terror y comedia erótica; cualquier cosa mientras tenga tetas o gritos. Más adelante llegará alguna película de aventuras en 3-D -El tesoro de las cuatro coronas (Treasure of the four crowns. Ferdinando Baldi, 1983) ¡con Ana Obregón!-, o plagios patéticos de Indiana Jones -Las minas del rey Salomón (King Salomon's mines. J. Lee Thompson, 1985).Desde ahí Golan y Globus se centraron en el gran filón de los ochenta: las películas de acción. Un ninja interpretado por un italiano, un veterano del Vietnam con muy mala leche, un vengador callejero con lanzallamas, violaciones mostradas explícitamente, mensajes fascistoides; todo colaba mientras vendiera. Pero un sorpresivo acuerdo de distribución con Metro Goldwin Mayer obligó a Cannon a producir sin descanso más y más cine -tan casposo como siempre y abiertamente exploitation de las modas de turno- por encima de las posibilidades de sus dueños. Ni el entusiasmo de éstos ni el mérito de haber abierto una senda de producción cinematográfica al margen de oligopolios fueron suficientes. Cannon murió de agotamiento.

Seran cosas de la pos-posmodernidad, de que también haya cinéfagos hipsters o de que, como dijo el torero, tié que haber gente pa tó, hoy en día también hay quienes consideran a las películas de Cannon cine de culto. En fin.