sábado, 16 de julio de 2011

Una rosa de plástico


Anuncia Umberto Eco una actualización de 'El nombre de la rosa' “para acercarla a las nuevas tecnologías y generaciones ¡Qué memez! El semiólogo y literato habla de “agilizar algunos pasajes y refrescar el lenguaje”. Eco detesta que se le recuerde siempre por una primera novela que sólo él considera la peor de cuantas ha publicado, síntoma común a quienes nunca lograron alcanzar, ni de lejos, la calidad de un primer trabajo.

'El nombre de la Rosa' no es ni vanguardista ni revolucionaria ni genial. Es un buen best-seller, de un tiempo en que los best-sellers no eran novelitas rosas de vampiros, tochos nórdicos, penosas mediocridades con cátaros y templarios o intrigas históricas que insultan tanto a la historia como a la literatura. Con todos sus saltos idiomáticos y sus abundantes citas culteranas, vendió treinta millones de ejemplares. En tiempos en que los legos en latinajos -objetor del latín, huyendo de Catulo opté por un combinado de letras y matemáticas en el instituto- no podíamos recurrir a Internet, nos buscábamos la vida, consultábamos y preguntábamos para no perdernos nada. La pereza no nos había vencido.

¿Qué mueve a un autor a rebajar el nivel para simpatizar con una nueva generación? ¿Por qué estas adaptaciones desnatadas al estilo de los manuales de 'Informática para torpes'? Es la Logse, respondería un hincha de Intereconomía. No es tan simple. Tal vez la clave la dé un artículo de Javier Marías sobre la imposible supervivencia del western como género cinematográfico en nuestros tiempos: “el western tradicionalmente ha expuesto como aceptables sentimientos y conductas que hoy escandalizan a la hipócrita masa mundial de biempensantes voluntariosos; es decir, de aquellos que se esfuerzan con ahínco por apartar de sí, y además condenan, pasiones connaturales a la humanidad de todas las épocas”. Tiempos de corrección política, de lenguaje no sexista, de juguetes no bélicos, de no llamar a nada por su nombre mueven a la pereza mental, sus víctimas a duras penas comprenderán la sencilla trama detectivesca de 'El nombre de la Rosa', así que no les hablen de las discusiones entre benedictinos y franciscanos sobre las posesiones materiales de Cristo, de bromas pesadas a costa de Jorge Luis Borges o de ancianos monjes que con naturalidad se llevaban a la celda a tiernos novicios, como no olerían ni de lejos la tragedia shakespeariana que subyace detrás de 'El hombre que mató a Liberty Valance'.




Estos son tiempos de estulticia y censura. Es más que probable que si hoy se rehicieran determinados clásicos, serían privados de todo lo que la moral dominante no puede asumir. ¿Alguien toleraría la escena en que una vecina de Innisfree le da a Sean Thornton (John Wayne) una vara resistente para que meta en vereda a su mujer Mary Kate Danaher (Maureen O'Hara) en 'El hombre tranquilo'? Las acusaciones de apología de la violencia de género levantarían de la tumba a John Ford.

Pese a que con la notable adaptación cinematográfica de Jean-Jacques Annaud, 'El nombre de la rosa' ya se hizo asequible a públicos más amplios, siente ahora Eco la vana necesidad de hacerse entender por los perezosos, y para tranquilizarnos asegura que “no va a modificar la trama”. Como si a alguien le importase la trama de 'El nombre de la Rosa', como si en el noir fuese la excusa argumental lo que distingue a Jim Thompson, Dashiel Hammet o Chester Himes de los aficionados escandinavos. “De la rosa original sólo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos”. Con esa cita, en latín -Stat rosa pristina nomine, nomina nude tenemus-, termina “El nombre de la Rosa”. Las rosas no importan, en los nombres, en la palabra desnuda se asienta nuestra cultura. Para estos tiempos en los que es incorrecto y obsceno pronunciar el nombre de las cosas, Umberto Eco nos ofrece una rosa de plástico sin nombre.

1 comentario:

jordim dijo...

Actualización suena a aberración...